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Opinión

Carmen Mola no mola

Siempre he tenido la sensación de que un Premio Planeta se lee con arena en la boca. Como ese cup cake ultra procesado que tiene muy buen aspecto pero que en el fondo es un producto de consumo rápido, poco gusto y precio exorbitado. Como todo producto que se aviene al capital, creado para consumo de masas, sin alma, sin contenido, pero con una buena portada de tapa dura y lectura blanda. La literatura es objeto de mercadeo; prostituida y devaluada, ofrece al gran público basura en forma de letras para dividendo de grandes empresas.

Tuve la mala suerte de ver de manera demasiado descriptiva para mi paladar moral esto de lo que os hablo en la última Feria del Libro de Madrid. Pérez-Reverte, cuidada estética de traje sin corbata, ocupa un stand preferente en la feria, subido en una tarima y con toda la maquinaria económica de una gran editorial cubriéndole las espaldas. Firma libros al gran público flanqueado por dos guardaespaldas -sí, guardaespaldas- mientras una mujer se dedica a limpiar con un paño los libros de los fans antes de que Pérez Reverte los roce con sus divinos dedos. Veo a otro hombre pinganillo en oreja que se ocupa de mantener las distancias largas entre la estrella y el populacho. Que a Arturo no le roce ni el viento. Sí, si quieres encontrar a la única mujer del stand, es la del trapo. Lamentable estampa, considero que incluso demasiado sucia para un Pérez-Reverte. Nos miramos, me sonríe, se le cierran los ojos llenos de arrugas cuando sonríe. Me marcho de allí asqueada. Todavía ni siquiera ha empezado el recorrido de la feria y ya estoy de mala hostia. El sol castellano y la resaca madrileña tampoco ayudan.

Suerte que, en mi recorrido por editoriales y librerías con alguna calidad moral -las humildes, las de clase, las feministas- tuve la oportunidad de disfrutar de la otra cara de la moneda. Carlos Bardem, El asesino inconformista, recomienda libros a dos mujeres, su único público en ese momento, algunos ni siquiera son suyos, se fotografía con la gente, debate de literatura y política, los ojos muy abiertos, escucha a sus interlocutoras. En una librería feminista unas mujeres se hacen un selfi mientras comentan en su último día de feria que han conseguido sobrevivir a pesar de la paliza de trabajo. Mañana volverán a su pequeña librería a trabajar, como llevan casi 100 años haciendo. Los stands de las universidades están vacíos de público; la aridez académica.

Cuando he terminado el recorrido tengo una foto muy clara de la industria de la literatura en mí cabeza. Es por eso que nada me espanta cuando el último Premio Planeta y coincidiendo casi con el Día de las Mujeres Escritoras, recae sobre una mujer, Carmen Mola con la novela “La Bestia”. Un millón de euros para Mola. Pero reconozco que no vi venir el hecho de que Carmen Mola sea el seudónimo de tres hombres, tres: Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero, hijo. ¡Habéis necesitado tres hombres para escribir un libro! Bajo el nombre de Carmen “así, sencillo, españolito”, dijo Martínez. Bajo el paraguas de lo femenino, con bien de morado, “La red púrpura”, y continuas referencias a lo femenino, “La novia gitana”, usurpan sin pudor las letras de mujer. “No sé si el seudónimo femenino vende más que el masculino, no tengo ni la más mínima idea, pero no me lo parece”, miente Mercero dejando al aire las vergüenzas de esta campaña de marketing.

El mercado literario, como cualquier otro mercado, está estudiado hasta la extenuación por analistas de ventas de las empresas. Y claro que sí, de todas es sabido que el perfil de leyentes hoy en día es femenino, somos leyentas. Las mujeres leen y consumen libros por encima de los hombres. Con una particularidad: hartas de la invisibilización y exclusión de las mujeres en la literatura, hartas de leer realidades masculinas, tendemos a leer letras de mujer, porque son en las que nos sentimos reconocidas e interpeladas, porque son nuestras. ¿Por qué deberíamos leer a hombres que escriben sobre asuntos que nunca nos atañen? Escribir es el acto propio de habitar una sociedad, de ser. Es por eso que nos ha estado vetado durante tantos siglos. “Anónimo era a menudo una mujer”, decía Virginia Wolf mientras escribía sin firmar sus obras, otras tantas se tuvieron que esconder bajo los nombres de sus maridos o bajo siglas para poder publicarlas, incluso para huir del estigma que suponía tener el papo gordo de atreverse a escribir.

Escribir siempre ha sido un privilegio eminentemente masculino, es por eso que esta apropiación y mercantilización de las letras femeninas se nos hace tan sucia, falta de ética e insultante.

Tres eran tres los hijos de Andrés, tres eran tres y ninguno era bueno.

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