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Opinión

Dignidad

Dignidad

El mejor legado que han podido dejarme mis padres es el de no permitir injusticias.

Mientras hoy me cortaban el pelo veía en la televisión el típico debate mañanero en donde varios contertulios decían la barrabasada más grande. Como si de un concurso para saber quién es el que dice la tontería más estrambótica, varios periodistas en un plató de televisión acostumbran ya desde hace varios años a inocular una serie de mentiras o medias verdades como si de oráculos se tratara, con el consentimiento de un moderador que, puesto por una dirección, admite y asiente bajo el paraguas de la libertad de expresión. Un concepto que ha sido manoseado de tal manera que resulta ya pornográfico.

Los audios que se han hecho públicos en estos días (alguien debería explicar por qué salen ahora) entre Ferreras y Villarejo, y no lo olviden, José Luis Olivera, ex comisario jefe de la UDEF, han sido la cúspide de una pirámide de la desvergüenza y el descrédito del periodismo en todas sus formas. Es el ejemplo claro de lo que han consistido los principales medios de este país desde la llegada de Podemos, y más aún desde que las encuestas le dieran la posibilidad de ser la primera fuerza progresista del país. Toda la maquinaria del Régimen de la transición que ha permitido la democracia “pero con límites” se puso en marcha. La idea era construir una premisa que fuera inoculada entre la población española. Básicamente estamos hablando de manipular a la opinión pública y, de alguna manera, alterar los resultados electorales. O sea, un golpe de Estado moderno, de esos en los que ya no hacen falta tanques ni soldados, se fabrican en los despachos y restaurantes entre copas y puros. El resultado ya lo sabemos. Funcionó. Dio resultado. Se llevó por delante la credibilidad de líderes políticos, la confianza de simpatizantes y votantes, y miles de militantes fueron señalados como cómplices de una trama inventada que nadie quiso contrastar. Todo salió y ha salido gratis. La democracia apuñalada. Años después se descubre la verdad. Y la verdad es tan tozuda, tan vomitiva, tan repugnante, que algunos han decidido mirar para otro lado. Están en su derecho de hacerlo. Pero ya no tienen legitimidad de dar lecciones de ética. Periodistas que han decidido seguir sentándose en esos platós de tv con personajes que han atentado contra el elemento más fundamental de nuestra sociedad, la democracia. Otros han pretendido quedar bien en sus redes sociales con tal de no perder sus privilegios. Políticos que han decidido mantenerse mudos, callados. Silencios que delatan no sólo odio hacia Podemos, sino también complicidad con quienes les brindan unos minutos de protagonismo en sus tertulias. Limosna, se han arrodillado por limosna, imaginen qué intereses les van a defender a ustedes si ya se han vendido.

Decía Aristóteles que la dignidad no consiste en tener honores, sino en merecerlos. Durante estos días hemos observado silencios de quienes, independientemente de los colores y las siglas, deberían situarse en el mismo lugar que nosotros, en el lugar correcto de la historia, esa frase que tan de moda se ha puesto hoy pero que tantas veces usó Bill Clinton y Barack Obama durante sus mandatos. Hemos visto la verdadera cara de quienes ofrecen una alternativa “progresista” a los ciudadanos españoles mientras se han escondido en sus madrigueras testigos de uno de los mayores casos de mafia mediática de la historia de nuestro país. Se llama orgullo. Y hay dos tipos, el orgullo bueno que representa dignidad y amor propio, y el orgullo malo, que apesta a presunción y arrogancia. Algunos y algunas han quedado retratados durante estos días a cambio de seguir saliendo unos minutos en un programa de tv. Allá cada uno. Seguramente dentro de unos meses a muchos se les olvidará cuando llegue el momento de ir a las urnas, pero a mí no. Ni a una militancia que ha sufrido el escarnio público en muchos pueblos y ciudades pequeñas. A ellos no se les va a olvidar. Ni a Pablo, ni a Juan Carlos, ni a muchos compañeros más que han aguantado y resistido lo inimaginable. Porque las mentiras no se perdonan. Porque a los traidores no se les olvida.

Formar parte de Podemos no solo ha sido la mejor decisión que he tomado en mucho tiempo. Siento después de todo lo publicado que tengo una responsabilidad sobre mi espalda que, humildemente, llevaré con toda la dignidad del mundo. El gran legado de mis padres fue no permitir la injusticia. Y como bien dice Juan Carlos Monedero, en estos últimos años han crecido nuestras convicciones y nuestra conciencia. Y porque no hemos vendido, ni lo haremos nunca, nuestra sonrisa. Y con ello hasta la muerte. Se llama dignidad.

Otros no pueden decir lo mismo.

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