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Opinión

El gran desafío

Esta es la primera generación de jóvenes que van a vivir peor que sus padres desde la Guerra Civil. Siento ser tan directo en la primera frase de este artículo, pero mejor ser claros y directos y mostrar una realidad tan cruda que algunos continúan obviando. La identidad de las y los jóvenes españoles es hoy en día muy diversa. Pero es cierto que también es una identidad más precaria, incierta y frustrante. Las dudas que hoy muestra la juventud se han agravado además, con la pandemia y, sobre todo, con un sentimiento de soledad. Algunas encuestas publicadas el pasado año mostraban un dato demoledor: un 80% de ciudadanos con edades comprendidas entre los 18 y los 25 años declaraban sentirse solos, un sentimiento amargo que crece entre aquellos que cursaron estudios universitarios (67,1%). Un dato que sube de manera exponencial entre aquellos que viven en pisos compartidos (91,7%).  (Estudio Dym Market Research)

Cuántos problemas por resolver. Cuánto daño ha hecho este sistema neoliberal que tanta desigualdad ha generado. Cuánta rabia se siente al ver a una señora en televisión diciendo que en Madrid no hay clases sociales.

Estos datos son enormemente preocupantes, si además añadimos dos elementos más a la ecuación: por un lado, el auge de la extrema derecha, y por otro, el cambio climático, del que se ha dejado de hablar por completo en prácticamente todos los medios desde que estalló la guerra en Ucrania. ¿Qué mundo les vamos a dejar?

Estos cuatro elementos son, bajo mi punto de vista, los motivos principales por los que los jóvenes españoles se hacen preguntas como “¿qué será de mí?”.

El futuro incierto, la normalización de la precariedad en todos los ámbitos y la incertidumbre que todo ello provoca genera una cosa que resulta definitiva: miedo. El abono perfecto para la derecha radical populista que ha visto el terreno perfecto sobre el que (re)edificar su discurso. El resultado es el individualismo sobre el que miles de jóvenes están construyendo sus propias identidades. Tik-tokers, youtubers, gamers, que venden el discurso del capital como medio para conseguir la felicidad plena: estudiar no tiene sentido porque no reconocen que ello les podrá permitir vivir mejor en el futuro. Anteponer los intereses personales por encima de lo colectivo.

Que nadie se sorprenda pues, que los gurúes de las criptodivisas (mudos en las últimas semanas) y, sobre todo, la industria de las apuestas deportivas hayan sido el gran atractivo para miles jóvenes en este país con discursos que apelan continuamente a sus emociones  y a su propia identidad. “Si eres listo, ganarás dinero fácil”. La manera que han tenido para mancillar el deporte ha sido el gran éxito de la industria del mal llamado ‘juego’, que ha conseguido una cosa aún peor: transmitir la idea de que apostar es en sí un deporte. Con un crimen organizado que está aprovechando el mercado global de las apuestas deportivas, opaco y oscuro y situado en paraísos fiscales, y que emplea en muchas ocasiones las criptomonedas difíciles de rastrear, para potenciar sus ganancias y blanquear dinero en otras actividades ilegales. Menudo panorama.

En mi opinión el secreto está en romper definitivamente con esta precarización que ha hecho que pasemos a un sistema de valores absolutamente materialista e individualista. Acabar con un sistema fracasado y fallido que ha provocado la pesadumbre y la inquietud de dos generaciones completas. Creo que el secreto está en redirigir todos nuestros esfuerzos a la juventud. Si somos capaces de afrontar con decisión los grandes problemas que hoy acechan a los jóvenes tendremos, y no será nada fácil, gran parte del camino ganado: romper los discursos identitarios y de odio que hoy están presentes en todos los debates y en el de la esperanza de un futuro mejor. Todo un desafío.

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