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Opinión

El odio siempre va a votar

El pueblo chileno no quedó satisfecho con la propuesta de Constitución y, por ende, ha decidido rechazarla de manera clara en las urnas”, ha declarado el presidente, Gabriel Boric en relación a la voluntad del casi 62% de los chilenos convocados. Es decir, de los 15,1 millones de personas convocados al voto obligatorio, más de siete millones y medio de chilenos rechazaron el texto y más de cuatro millones y medio lo aprobaron.

Dejando de lado el entusiasmo ideológico de las fuerzas progresistas españolas, parece no haberse entendido que, además del aspecto ideológico que supuso la posibilidad de opinión de la ciudadanía chilena, lo que se votaba no era a un candidato. Se votaba un modelo de país para un futuro prolongado. Suele, a la distancia, cometerse el error de una simplificación folklórica que la ciudadanía chilena no merece.

Entonces, de modo de centrar el debate, para el chileno medio y para el sector más conservador de la textura política de aquel país, esa constitución representaba una amenaza directa a sus intereses, primero, y a sus valores, después.
En estos últimos podían no haber coincidido. En los intereses, seguro que sí. Entre ellos destacamos la cuestión de la propiedad privada y la de la autonomía de la plurinacionalidad que reconocía el nuevo texto. Es decir, los gestos de apoyo a la distancia no se sometieron a una lectura más sosegada de los contenidos del texto rechazado. Siempre ocurre. La fatiga del entusiasta.

Tampoco puede concluirse que se votó contra Boric. Pese a su apoyo al texto desestimado. Aunque esa tesis sea utilizada por la ultraderecha chilena e internacional para alentar futuras elecciones en otros ámbitos. Lo que sí es cierto, es que el resultado mantiene de momento el texto actual, escrito en 1980 por la dictadura militar de Augusto Pinochet, con la parcial reforma en democracia.

La maquinaria mediática chilena es mayoritariamente conservadora. Ello, sumado a la tendencia de la ultraderecha local a incentivar el odio hacia los discrepantes, sumada a la impericia del nuevo gobierno que no calibró la construcción de los nuevos equilibrios, para contener en ellos la complejidad de la totalidad de sensibilidades chilenas. Todo, parecen haber llevado a la necesidad de otorgar un criterio de realidad al nuevo documento que se elabore.
El odio siempre vota. Observemos la realidad política española. El odio ha puesto gobiernos impensados en Murcia, Madrid, Andalucía y, de no tomar nota, en España.
El socialismo está preso de sus propias contradicciones. Su Secretario General, cae en el error de pensar que la caída en las encuestas las resolverá con acciones de marketing político. En la habitación contigua, Unidas y Podemos debería valorar que la estabilidad de un gobierno no puede ser a costa de una genuina opción política heredera del 15M.

No hay tiempo para fuegos artificiales. Hay muchos asuntos pendientes. Creo que deberían comprender que la movilización que se está manifestando en las calles y en el interior de los hogares, no se resuelve con bonos de transporte.
El odio siempre va a votar. La gente humilde y vulnerable se ha desanimado. Siente que no la protegen. Que su voto no sirve de nada.
Si no entienden eso. Entonces, estamos perdidos.

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