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Opinión

El statu quo practica el lawfare

“La peor forma de injusticia es la justicia simulada” Platón

Insisto en este tema, aunque no debería hacer falta que desde el Estado de derecho se explique una y otra vez a los ciudadanos. Tal vez porque semejante concepto describe un escenario decididamente distópico que se refleja de manera constante en los juzgados y medios de comunicación. Aún así, es necesario convenir que, la Guerra, siendo en sí misma ya un crimen, está sometida a reglas. Incluso el enemigo tiene un estatus normativo que hay que respetar. Por eso no es posible ocultar que, hablar de “enemigo” en una democracia, tiene efectos nocivos crecientes que culminan en la desaparición de las condiciones básicas necesarias para la vida comunitaria. Para la calidad democrática. De aquí que el concepto de Lawfare describe algo peor que la propia guerra. Porque destroza las bases mismas de la convivencia y los valores que la sustentan. Ataca la coexistencia pacífica. Es violencia en estado puro.

En los últimos tiempos se viene hablando de este concepto hasta hace poco tiempo absolutamente desconocido por la mayoría: el Lawfare. Aparentemente con este término, uno se refiere a una Guerra jurídica. Es un término en inglés, según parece, que aún no es reconocido en el Diccionario oficial del idioma. Una mezcla de las palabras «ley» (Law) y «guerra» (warfare), que pretende referirse a un uso del sistema judicial con la intención de dañar a un oponente. Cuando se habla de Lawfare siempre nos referimos a violaciones de las reglas del proceso penal: violación al principio de igualdad ante la ley, violación al principio de proporcionalidad, detenciones ilegítimas, crear indefensión y otras anomalías. Todo parecido con lo que ocurre hoy en España es mera coincidencia.

Por tanto, Lawfare no significa otra cosa que la utilización de la ley y de los procedimientos jurídicos como arma de guerra. El mecanismo funciona así, elegido un sector como enemigo, por ejemplo, un partido político, la ley y los procedimientos judiciales son utilizados por los agentes públicos como una forma de perseguir a aquellos dirigentes partidarios que son estigmatizados como enemigos. Por tanto, para que el concepto de Lawfare posea vigencia práctica se requieren tres protagonistas. Primero el que detenta el poder, en principio legítimamente. En segundo lugar, el enemigo opositor al cual se le declara la guerra judicial que es a quién no se le puede ganar dentro del sistema. En tercer lugar, quienes conducen los poderes fácticos, que son quienes ofrecen el alejamiento judicial de las normas como si fuesen armas, es decir, algunos miembros relevantes del sistema judicial. Sin contar con las redes de inteligencia al servicio del mejor postor.

Ningún país se construye con la destrucción judicial del enemigo político. Sería el comienzo de su propia extinción como estado democrático. Nadie puede estar en contra del juzgamiento de supuestos hechos de corrupción, pero, asimismo, nadie puede aceptar que con tanta facilidad argumental se encarcelen personas solo por haber sido calificadas de enemigos u opositores. Se busca la aniquilación del disidente y se legisla “a medida” al respecto. Tal vez para ocultar una mentira global más aterradora: ya no les hacemos falta.

La UE es un gran mercado de capitales que poco hace para mejorar la vida de sus habitantes. Es un espacio económico, no social, lo que lo convierte en una zona hostil para las personas que aún creen que su trabajo los recompensará. La UE es débil, vulnerable, carente de un plan inclusivo. Se ha convertido en el primer campo de batalla de la guerra filosófica en desarrollo. Es un espacio de conflicto que desarrollará fuerzas colosales.

Los tribunales atienden más extinguir los conflictos derivados de la corrupción económica, y a salvaguardar a las minorías dominantes, que a poner en marcha planes estratégicos que reconduzcan este disparate y atiendan al progreso de los individuos. Esto, con el apoyo, o abstención culposa, de los que hasta hace poco eran parte del denominado bipartidismo. Ello hace pensar en la enorme gravedad de estas situaciones. Solamente se juzgan los crímenes de guerra de los vencidos. Las esperanzas son pocas.

Mientras la Justicia sea un arma para eliminar opositores, nuestro sistema político estará muerto. De la misma manera que lo estará la democracia que parecemos defender.

 

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