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Opinión

El voto joven a Vox y la memoria democrática

Desde hace muchos meses vengo recibiendo propaganda del diario El País para que me haga suscriptor. Las tarifas no han dejado de bajar desde entonces, hasta el punto de que casi casi me regalan la suscripción anual. Supongo que eso se debe a la necesidad que tiene el periódico de reforzar su base de sustentación económica, muy dañada desde hace años, sobre todo desde que la prensa electrónica aportó al ámbito mediático español nuevos medios de carácter progresista.

Dejé de comprar ese diario en los kioscos hace muchas años -por su visión neoliberal de la realidad latinoamericana-, aunque de vez en cuando recupero lo que fue una costumbre -a falta de otro periódico en papel que me pueda interesar-, como si quisiera reencontrarme con la grata sensación del papel impreso. Es algo que no perderé nunca como lector formado en ese soporte. La verdad es que hay veces en que lamento no tener acceso a determinados artículos a través de la edición digital, pues sigue ofreciendo este rotativo en la sección de opinión textos indudablemente merecedores de atención y reflexión.

Ahora, El País ofrece todas los fines de semana, con un precio incrementado, la monumental biografía que el historiador Paul Preston escribió sobre Franco y que fue publicada hace ya casi treinta años con un total de 1.100 páginas. Podría ser un motivo de atracción para comprar el diario, sobre todo para aquellos que no la hayan leído y prefieran hacerlo semana a semana. Para la ocasión, Preston ha añadido a tan voluminoso libro un capítulo sobre la exhumación del dictador, llevada a cabo por el actual gobierno en medio de un operativo televisado totalmente improcedente e indigno de un país con sólidas bases democráticas. A nadie hasta ahora se le ha ocurrido escribir un sainete entre bufo y esperpéntico sobre tan lamentable episodio.

La entrevista con el profesor e historiador británico autor de El holocausto español, publicada por El País para anunciar la publicación semanal de su obra, nos ha dejado este definido y sucinto perfil del dictador Francisco Franco: "Franco era un hombre increíblemente egoísta y ambicioso, con una mezcla misteriosa de astucia y mediocridad. Era un hombre frío, pero también brutal. Si pensamos en el número de víctimas y sus ambiciones, le hace comparable a Hitler, solo que el campo de juego de Hitler fue toda Europa y el de Franco, parte de España. Todos los adjetivos de aquel se pueden aplicar a Franco: cruel, astuto, mediocre... hay de todo. Después de tantos años estudiándole, me resisto a definirle en una sola frase".

Sobre la tardanza en exhumar los restos mortales del general ferrolano, enterrados en un recinto católico desde su fallecimiento en 1975 y no en un oscuro cementerio provinciano como los de su colega portugués Oliveira Salazar, da Preston los siguientes motivos, del que cabe resaltar sobre todo el que va en negrita al final del párrafo, refiriéndose concretamente al retraso de las leyes de Memoria Histórica: "Primero, por miedo. Durante los años de Suárez no había mucho deseo de esa liberalización, y en los primeros años de Felipe González todavía había un temor a provocar lo que se llama un backwards ―una vuelta al pasado― de las fuerzas franquistas. También había un sentimiento o una sensación de que podía ser muy complicado. Hasta entrado este siglo no hubo un gran movimiento a favor de hacer algo, lo que se llamaba la recuperación de la memoria histórica. Las leyes de Memoria Histórica del 2007 han tardado por la gran inversión del terror por Franco".

Para que esa inversión de terror generada por el viejo régimen y adelantada por el general Mola, cabecilla del golpe militar, se fuera reduciendo con mayor diligencia no se ha hecho, a mi juicio, todo lo que cabía esperar de una democracia asentada en un arraigo y desarrollo perfectibles. Antes al contrario, se ha sido y se sigue siendo sumamente timorato en ilustrar a las generaciones educadas en los últimos decenios sobre lo que representó la dictadura franquista.

Según las estadísticas más recientes, 72.527 personas fueron fusiladas por el régimen franquista, aunque se desconoce todavía el número en más de la mitad de las provincias españolas, por lo que la cifra podría llegar a los 140.000 fusilados. Sumemos a ese número, los 280.000 republicanos encarcelados, los 325.000 depurados  y los 440.000 exiliados. Esos son los datos de la inversión en terror aplicada por los vencedores de la guerra una vez concluido un conflicto que arrojó también una brutal inversión con los mismos fines desde su inicio y a lo largo de casi tres años.

A pesar de esa información, manejada por los historiadores más reputados, una encuesta publicada hace un año nos ofrecía una perspectiva bastante desoladora acerca del voto al partido de extrema derecha que ensalza aquel régimen por parte de los jóvenes comprendidos entre los 18 y los 24 años. El voto a Vox supera en 11 puntos el que en esta franja de edad se registra a favor del Partido Popular y está siete puntos por encima del que consigue el Partido Socialista. Esto denota el fracaso en toda regla de una educación democrática en los planes de estudio que se impartieron y se siguen impartiendo en colegios e institutos, mucho más grave si se tiene en cuenta el tiempo transcurrido desde que finalizó la llamada Transición.

No se han consumado aún los efectos de aquella inversión franquista en el terror, sobre todo entre las generaciones que vivieron la posguerra, y ya tenemos motivos para creer, ante ese porcentaje importante de ciudadanos en su primera juventud que dan el voto a quienes históricamente se caracterizan por acabar con las urnas,  que ese nefasto producto histórico se puede reproducir, tanto por la falta de educación de los jóvenes en la democracia como porque siempre hubo una mocedad fácilmente decantable hacia ese extremo antidemocrático del tablado, sobre todo cuando los índices de desempleo juvenil son altos, como lo siguen siendo ahora mismo en España, y se carece de una formación democrática sólida.

 

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