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Cultura

Feria: un relato voxificado de la España en blanco y negro

Del libro de Ana Iris Simón sorprende la idealización que hace de una época de España que ella transita a través de sus abuelos

A caballo entre un diario personal y una autoficción identitaria con tintes románticos de la España en blanco y negro, Feria, publicado por la editorial Círculo de Tiza, es el llanto millennial por un tiempo guardado en cajas de galletas que Ana Iris Simón idealiza mientras que va dejando huellas por su texto en contra del “hombre blandengue” que ha sustituido los valores del macho ibérico por el ecologismo, el veganismo, el respeto a la diversidad sexual o el feminismo.

Escrito con brío apasionado, la autora romantiza pasajes de su vida que seguro tendrían un significado distinto de haber sido narrados por sus abuelas, abuelos, padre y madre, hilos conductores de un texto autorreferencial que va por su octava edición y es el fenómeno editorial de la temporada.

Del relato de Ana Iris Simón, nacida en Campo de Criptana (Ciudad Real) y criada en Aranjuez (Madrid), sorprende la idealización que hace de una época de España que ella transita a través de sus abuelos, feriantes de profesión, y que fue más dura y menos ideal de como lo cuenta. En las 208 páginas de Feria no hay un solo pasaje que hable de violencia, de vidas insatisfechas, de mujeres obligadas a cuidar de por vida y de la resignación de una generación y una clase social, producto del franquismo, que fue educada a no quejarse para no cabrear a los señoritos.

La abuelos feriantes de Feria podrían ser mis  padres, hortelanos, y mientras el relato de Simón es una loa al modo de vida ambulante, a bañarse en un barreño y a la temporalidad, a mí lo que me viene a la cabeza, cuando pienso en la vida que tuvieron mis padres, es el miedo a incomodar a los señoritos, unas condiciones de vida durísimas y mucha precariedad. Lo que me lleva a afirmar que mi vida  y la de mis hermanos es mucho mejor que la que tuvieron mis padres, que tenían más de 50 años la primera vez que pudieron irse tres días de vacaciones.

En mi entorno, nací nueve años antes que la autora de Feria, hubo violencia, alcoholismo, ludopatía, politoxicomanías, embarazos adolescentes, infancias infelices y un padre muy trabajador, muy consciente de la desigualdad económica que, sin embargo, le pedía a mi madre, quien trabajaba fuera de casa al igual que él, que le acercara las zapatillas de andar por casa y le dejara la ropa limpia en el lavabo de casa. Para defender a mi madre de El Gallego, que era el señorito de mi pueblo por el que más patadas en las espinillas me llevé, quise yo estudiar con el objetivo de defenderla de la tiranía de aquel gachón.

Las patadas eran para que el niño, que siempre fue respondón, no chistara si el señor decía alguna de las suyas que le recordaba a mi madre que tenía que callar si quería comer. De la época que cuenta Ana Iris Simón también recuerdo a mi padre llorar de preocupación porque el pozo de la huerta no daba agua suficiente para regar y dar de beber al ganado, debido a la fuerte sequía que sufrió España en los 90.

Juicio moral

Una de mis abuelas me contaba que mi otra abuela recibía palizas de muerte por parte de mi abuelo. Una de las veces estuvo a punto de matarla, me contó como un secreto familiar que nunca he podido compartir con nadie porque romper la lealtad familiar es alta traición en el modelo de familia nuclear. No es que ya no fuera posible denunciar, es que mi abuela maltratada era la señalada por el juicio moral de aquella España en blanco y negro que Simón colorea en su autoficción. Esa violencia extrema de mi abuelo contra las mujeres de su casa fue aprendida y reproducida también por sus hijos. A mí, a diferencia de Simón, la infancia en Extremadura me provocó unas ganas locas de huir y una depresión de tres años cuando, ya de adulto, mi cuerpo me recordó que tenía que pararme y enfrentarme con mis demonios.

Yo sé lo que es ir al colegio con las zapatillas rotas porque mi madre esa semana había tenido mala la venta y no podía comprarme zapatos nuevos en Calzados Julio. Yo he sentido la mirada de desprecio clasista cuando mi madre me ponía a vender crisantemos en la puerta del cementerio o en la calle más céntrica de Mérida, ahora una pequeña ciudad de provincias y entonces un pueblo grande. Yo nunca fui de excursión con el colegio porque mi madre siempre me decía que las 800 pesetas que costaba la visita a Trujillo a ella le hacían falta para comprar tres pescadas para freírlas por la noche y dar de cenar a una familia de ocho miembros en la que todos los días se compraban ocho barras de pan.

El rojipardismo, que es el género en el que se encuadra el relato de Simón, piensa que todos los maricones somos ricos. Por eso cuando hablan de clase obrera la uniforman y nos expulsan, del mismo modo que los gaypitalistas nos expulsan del mundo rosa por maricones pobres. Los “hombres blandengues” no nacen en Chueca o en Malasaña, también somos de provincias para dolor de una izquierda rojiparda que se nutre de los aplausos de la ultraderecha, de reportajes en El Mundo y piropos de Jiménez Losantos y Pedro J. Ramírez.

Macho ibérico

Mi padre y mis abuelos también fueron víctimas, pero las que se llevaron las hostias, a las que le tiraban al suelo las ollas de comida, porque para el gusto del señor siempre estaba salada, muy caliente, muy sosa o muy fría, fueron las mujeres de mi familia. Las  que compraban sábanas, toallas o ropa interior a escondidas del marido eran las mujeres de la clase obrera, porque para el macho ibérico que echa de menos Simón el único gasto justificado era la arroba de vino de la semana o los balines para irse a cazar perdices los domingos.

Cuenta Ana Iris Simón en su relato que en su escuela, en una de las veces que tuvo que salir el maestro de clase y dejó a los alumnos solos, entró un ratón y todos los niños se pusieron a chillar y a subirse encima de los pupitres. Ella se lo contó a su padre cuando llegó a casa y éste le dijo que vaya susto se tuvo que meter el ratón. Esto le da a pie a la autora para  decir que ejerce el periodismo con mirada de ratón. Su relato, sin embargo, no está escrito desde abajo, que es desde donde miran los ratones, sino desde arriba.

La mirada de Ana Iris Simón no es la de una perdedora de la globalización, sino la de una ganadora. Sólo quien tiene una mirada de ganadora se puede permitir el lujo de romantizar la pobreza, los silencios y la violencia cotidiana entre la que transcurría la vida cotidiana en los pueblos de la España interior. Además, la crítica que hace Simón es tan individualista como el individualismo que imputa a la posmodernidad.

No hay una sola denuncia en Feria contra la estructura política y económica neoliberal, sino que el relato se convierte en inquisidor de las individualidades creadas por la globalización. Las víctimas del desarraigo social y cultural, producido por el neoliberalismo, son además culpables en su relato. No se van a llenar los pueblos de la España vaciada por poner banda ancha en el mundo rural, pero tampoco con relatos románticos de una España que, yo que la he sufrido en primera persona,  nunca fue. La autora no se ha parado a pensar por un momento qué hubiera sido de la vida de algunos de sus tíos, de sus abuelos, abuelas o de sus padres de haber sido homosexuales o trans en Campo de Criptana en los años 70 u 80.

Pobre, provinciano y maricón

Ser pobre, provinciano y maricón en la España de Feria significaba en la mayoría de los casos el exilio emocional a muy temprana edad, que es uno de los peores exilios que existen porque no puedes ni llamar a tu familia cuando estás en el destino de la huida. Yo, con 19 años, me fui de mi casa a 1.000 kms sólo del miedo que tenía a que me saliera algo de pluma delante de mi padre. No hacía falta que nadie me dijera que ser homosexual estuviera prohibido porque crecí con mi padre dedicándole insultos homofóbicos al televisor cuando salían Miguel Bosé, Paco Clavel o Raphael si éstos plumeaban más de la cuenta, que era casi siempre. Las sociedades se convierten en reaccionarias, para regusto de una derecha deseosa de que la involución se revista de emancipación proletaria, cuando se pintan de colorines episodios y realidades que fueron en blanco y negro.

No obstante, estando en profundo desacuerdo con la romantización que hace Ana Iris Simón de un tiempo y un espacio, el éxito de su libro responde, además de por estar bien escrito, porque toca una veta social importante que la izquierda debe considerar. Feria es un llanto a la pérdida del capital cultural y a la ruptura de los lazos comunitarios de una sociedad rota por la globalización de la desigualdad que busca en las identidades emocionales una forma de encontrar certezas y pertenencia.

Vox es la respuesta en forma identitaria que encapsula la España que retrata Ana Iris Simón para vender un producto reaccionario con certezas a una sociedad cuyo futuro  es, en el mejor de los casos, de dos meses. El 15M fue la respuesta española al capital social arrebatado por el neoliberalismo, mientras que Vox es la respuesta al capital cultural perdido. La izquierda debe buscar un capital cultural que cree comunidad, pero no puede ser el capital cultural del nacionalcatolicismo.

Rojopardismo

El rojopardismo habla mucho del capital cultural perdido, pero se le olvida siempre de hablar de que lo que realmente hemos perdido es el capital social que, oh sorpresa, no reivindica Vox porque su función es tiranizar a las clases populares, no hacerlas más iguales. Es la izquierda gubernamental la que tiene una agenda social, no la ultraderecha ni el rojipardismo, y eso se olvida cuando se han trazos gruesos desde el purismo nostálgico.

El capital social son los derechos, sanidad y educación públicas, llegar a fin de mes o tener una vivienda digna, y esa debe ser la tarea primordial de la izquierda si no quiere que las víctimas del neoliberalismo acaben siendo también sus propios verdugos. Esa es la veta que toca Feria y por eso el libro está siendo ensalzado por medios de comunicación afines a la ultraderecha, lo que no quiere decir que la autora haya escrito su relato para gustar a la ultraderecha.

A la izquierda que echa de menos Ana Iris Simón le sobra el feminismo, los derechos LGTBI, la ecología y una mirada que combata todos los ejes de dominación más allá de la clase social. Al final, el rojipardismo reproduce el esquema de los Clinton de provincias que tanto critica, sólo que a la inversa. Para la izquierda de Malasaña la emancipación es posible poniendo jardines verticales en un bloque de estudios de 40 m2 que cuestan 800 euros al mes y la solución para los rojipardos sería construir viviendas sociales sin tener en cuenta el cambio climático.

El rojipardismo no deja de ser otro producto de la posmodernidad, al igual que el feminismo transfóbico. La izquierda voxificada se alimenta de la guerra cultural porque no tiene un programa político integral en el que quepan las clases medias y populares y afronte todos los ejes de dominación que se dan en esta fase del capitalismo que hemos convenido en llamar neoliberalismo. El programa podría ser “queremos pan y queremos rosas”, así lo resumió la sufragista  norteamericana Helen Todd (1870-1953), quien dedicó su vida a defender la causa de los trabajadores y de las mujeres,  sin considerar que el socialismo era más importante que el feminismo.

 

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1 Comentario

1 Comentario

  1. ESTRELL@

    6 de junio de 2021 08:29 at 08:29

    gracias

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