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El Megáfono

Frenar la carcunda

En todas las sociedades humanas se generan excrecencias de extremistas, fundamentalistas, matones, odiadores, corruptos y delincuentes. Es inevitable y la sociedad puede soportarlo mientras no alcancen una masa crítica y una virulencia que envenene el cuerpo social y pueda acabar con la democracia. Algo que puede ocurrir cuando en una sociedad abúlica, insensible y pasota, poderosos intereses de las élites calibran que hay una buena oportunidad para medrar y aplicando estrategias de propaganda política bien probadas, revuelven y calientan deliberadamente frustraciones y fobias sociales para colar un viraje que incremente sus privilegios, debilite a sus enemigos, y, si tienen suerte, les facilite un "golpe de timón".

El éxito no les resultará muy difícil ya que dominan los fundamentos del marketing y sus efectos: "solo lo aparente y las necesidades sentidas son lo real", y tanto "lo aparente" como "las necesidades sentidas" pueden fabricarlas con dinero. No importan la justicia, la ética, la verdad y lo real, ellos pueden taparlo y sustituirlo.

El momento de fuerza , si ponen en marcha una campaña, coincide con la aparición, o lanzamiento, de un catalizador, investido como líder carismático capaz de legitimar y redimir excrecencias con coartadas emocionales, religiosas y pseudointelectuales mediante mágicas dosis de Dios, Patria y Orden, con rey o caudillo, salpimentados con una astuta mezcla de fobias atávicas "liberalizadoras".

El envenenamiento social puede extenderse, hasta hacerse insoportable, cuando seduce y activa una gran masa de "buenas gentes de orden" acríticas, más próximas a la caridad que a la justicia, que allana el camino de los intereses espurios para hacerse con el control político de forma democrática, o, llegado el caso, antidemocrática.

El mal y la crueldad viven frustrados y agazapados dado el rechazo social, y quizás en algún caso por cierta mala conciencia, pero cuando se ven justificados, se les dota de coartadas trascendentes y, sobre todo, perciben tibieza o debilidad en las víctimas, se lanzan a la acción sin complejos, superando inexorablemente las restricciones que los mantenía hibernados.

La sociedad sana trata de frenar y combatir la toxicidad y fuerza de la infectación abriendo múltiples frentes con argumentos, debates, razones, apelaciones a la ética, a la justicia y a la defensa y empatía con vulnerables y víctimas, es decir tratando de convencer a los agresores y a sus partidarios, lo que puede ser obligatorio pero resulta bastante ineficaz. Como en cualquier guerra no convencerá a muchos más de los que ya están convencidos. Difícil, además, encajar en el debate: principios, sentimientos, emociones, intereses y fobias, y más aún con una parte jugando sucio.

La estrategia básica de los responsables tóxicos, sin descuidar la agitación de los bajas pasiones y el ruido mediático, jurídico, eclesiástico y folclórico, se orienta al acoso individual permanente e inmisericorde de los líderes que consideran enemigos importantes, persiguiendo su destrucción humana y social, sin sentirse limitados por la verdad o la ética. Con ello desmoralizan, acobardan y desnaturalizan a los líderes contrarios y a sus seguidores, mientras normalizan y envalentonan a odiadores, extremistas y demás calaña propia.

La estrategia tóxica ha demostrado sobradamente su eficacia y su peligro y no se entiende cómo la sociedad sana no centra sus esfuerzos en descubrir y mostrar la falacia, delitos, paranoia, sociopatía e inmoralidad en que puedan haber caído o viven sus "carismáticos" líderes y quienes les financian, desenmascarando la incoherencia de sus discursos, sus verdaderos objetivos, sus mentiras, y todo lo que contribuya a abrir los ojos de sus seguidores, por lo menos de los más decentes, para que dejen de apoyar la deshonestidad y el delito.

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