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Hablar de lo que está prohibido: Cometierra, de Dolores Reyes

Tengo una nota en mi móvil que escribí a finales de mayo y que dice:

Un nudo de tristeza sorda, rabiosa y quieta como un animal salvaje que anda en círculos dentro de una jaula. Un grito acolchado. Lo que crece en el estómago cuando queremos nombrar aquello que está prohibido.

Luego hay otra de principios de junio, de la misma semana en la que salimos a gritar por el asesinato de Olivia a manos de su padre, y por la desaparición de su hermana Anna, y por el asesinato de Rocío y de María Teresa, y de Lucía y de Lorena y de María Isabel y de Consuelo y de Erika y de Mónica y de Alicia. En ella escribí:

Otra, y otra, y otra que nos araña las tripas y se nos agarra al esófago. Luchar contra la sensación de derrota.

Veinte días después escribí otra nota en la que solo puse: “a Samuel lo mataron por maricón”.

Todo esto son intentos fallidos. Todas las veces que he intentado escribir este texto y no he podido, no he sabido. Y mientras, han seguido acumulándose botellas de tierra en la puerta, nudos de barro que hemos tenido que tragar y sentir en el estómago. No sé qué me da más miedo, si nombrar al monstruo y acabar invocándolo, o si terminar haciéndome inmune a su horror.

Me aterroriza el poder de esta inmunidad porque es de la que nos adormece el sentido cuando nos dicen cuántas asesinadas van ya en el contador del espanto, el contador del horror y la indiferencia. Porque es el que hace posible que, a pesar de todo, a pesar de las manifestaciones y los gritos y la rabia y el dolor y la desesperación y las conversaciones infinitas sobre cuántas formas puede adoptar la violencia contra nosotras, a pesar de  todas las botellas llenas de tierra que se nos acumulan en las calles, el juez Manuel Piñar decida no dejar en libertad a Juana Rivas, la madre víctima de violencia de género que escondió a sus hijos de un padre maltratador y que ha recibido el indulto del gobierno para quedar en libertad provisional, y que lo haga basándose en consideraciones personales, de forma arbitraria e injusta. Porque así es como se toman las decisiones que nos conciernen. Es el tipo de inmunidad que hace posible que, pese a todo, el próximo 16 de diciembre, la Asamblea de Madrid vaya a debatir la admisión o no de la propuesta de VOX para derogar la ley LGTBI y la ley trans regionales ya aprobadas

Me aterroriza el poder de la inmunidad que producen los datos de las violencias que se ejercen sobre nuestros cuerpos; que este verano la angustia nos tuviera atenazadas por la concatenación de asesinatos enraizados en un tipo de odio muy concreto y que poquísimo tiempo después se estén dando estos pasos tan faltos de conexión con la realidad que habitamos en este país.

Cuando quise empezar a escribir este texto, acababa de terminar de leer Cometierra, de Dolores Reyes. Hoy me refugio en este libro para nombrar al monstruo. Cualquiera que haya sufrido una agresión sabe que nombrarla es invocarla, es revivirla. Cualquiera que haya sufrido una agresión y tenga que ver otra representada en televisión y escuchar las injusticias que se agolpan alrededor del hecho sabe la rabia que se acumula al fondo de la garganta, la conciencia del tiempo que pasa y de las cuentas que siguen pendientes, el miedo a la invocación de nuestro propio horror, que se despierta sin permiso.

Pero hay una forma de nombrar sin remover la herida privada y reactivarla, y eso es lo que hace Reyes en este libro: enseñarnos a nombrar lo que está prohibido. La autora porteña centra su narración en las secuelas del daño, en lo que permanece y en lo que se vuelve ausente, más que en los detalles del hecho en sí mismo.

A Cometierra se le acumulan las botellas en la puerta de su casa. Una por cada desaparecida, una por cada asesinada. Cada día, una nueva botellita pasa a engrosar el jardín de cristal que se acumula en su puerta. A veces, Cometierra decide tomar una de las botellas y tragar la tierra que hay dentro. Sin embargo, hay días en que Cometierra no puede tragar más tierra. Hay días en los que Cometierra pasa delante del jardín de botellas sin mirarlas siquiera. Y todas las lectoras le damos permiso a Cometierra para que hoy no trague tierra, para que hoy escuche música y juegue y ría.

Desde mayo hasta hoy se han acumulado muchas botellas en la puerta de nuestras casas y a los pies de nuestras camas. Todavía no sé si escribir este texto ha sido tragar la tierra o pasar de largo. Creo que las dos cosas están prohibidas. Pero para las dos cosas nos damos permiso.

 

 

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