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La politización de los márgenes en Panza de Burro, de Andrea Abreu

Victoria Borrás

La experiencia nos ha enseñado que, para existir, para ser vistas, debemos desposeernos de lo heterogéneo que hay en nosotras. Que todo aquello que no se amolde a la forma hegemónica de construir el mundo y concebir la existencia es, en esencia, una realidad de segunda. Pero ¿qué ocurre cuando tomamos esos márgenes y construimos un universo en torno a ellos? ¿Qué pasa si politizamos el lenguaje, la edad, el espacio y la persona?

En Panza de Burro, Andrea Abreu toma todos aquellos espacios subalternos y típicamente relegados a los márgenes y los convierte en los pilares de su historia. Nos encontramos habitando un espacio totalmente dislocado, en la periferia de la periferia, a la sombra del Teide, escondido bajo una nube. Dentro de este no-lugar, nos acercamos a una de las grandes ignoradas en nuestra sociedad: la infancia. Pero, además, una infancia situada en el quicio de la propia infancia: tenemos diez años, ese punto de equilibrio que nos hace tambalearnos entre dos realidades. Un momento de la vida tan fútil que casi no existe: a los ojos adultos, una persona de diez años sigue siendo tan niña como una de ocho y, sin embargo… La infancia, como la vida, es lo que se pierde, y para cuando hemos querido darnos cuenta, hace tiempo que esa niña saltó al otro lado del acantilado.

Los diez años son esa parte incómoda de la infancia que no queremos que exista. A los diez años, las niñas se estriegan con sus amigas y reciben fotos de pollas por el chat Terra. Es la época en la que, tal vez, la necesidad por entrar dentro del campo de visión adulto, por ser tomadas en serio y dignificar nuestra existencia, nos obliga a arrancarnos cualquier resquicio de infancia que siga pegado a nuestra piel. ¿Por qué los niños tienen prisa por ser adultos? La respuesta es bien sencilla: para ser tenidos en cuenta. Para existir. Para dejar de habitar en el margen de la vida.

Nuestra protagonista sin nombre, a la que yo siempre he llamado «La Niña», vive con su abuela. La Niña no ve a sus padres, que están con los otros niños, los niños de fuera, los niños ricos, los niños que importan. La Niña está tan al margen de su propia existencia que ni siquiera protagoniza su propia vida: Isora es su centro. Es su presente y su futuro. Es su verdadera casa. Y, sin embargo, de tanto jugar con las reglas del juego de otros, esa casa se acaba rompiendo. Uno de los rasgos centrales de la infancia es la imposibilidad de comunicar. Las palabras que faltan. Las experiencias que solo podemos comprender desde ese lenguaje secreto, intuitivo y propio de los niños. Esa palabra construida desde la intuición, esa palabra que no se entiende, esa palabra de los márgenes, es el último pilar sobre el que se sostiene Panza de Burro.

Lo que hace Abreu con la palabra en Panza de Burro es pegarle una patada al centro, es arriesgarse, es tirarse al precipicio y decir “pues si no me entienden, que no me entiendan”. Y lo que ocurre cuando saltamos al precipicio es que escapamos de la isla bajo las nubes y nos hacemos libres. Con Panza de burro, Andrea Abreu nos libera de “lo que es correcto”: se ríe de las normas lingüísticas escritas desde un espacio político muy concreto, de las cursivas que nos indican que esa palabra no es del todo correcta y que ponen una distancia de clase entre el yo y la otredad, de los glosarios que implican que todas esas palabras configuran una comunicación de segunda. Lo que pasa cuando dejamos de jugar al juego del centro y conquistamos nuestra periferia, politizándola, dignificándola, dotándola de existencia, es lo que ha pasado con Panza de Burro: que se ha convertido en el fenómeno literario del momento, que nos ha dado una patada de libertad en la cara, que nos ha puesto frente a lo que nos incomoda y, sin tomárselo muy en serio, le ha dado la risa.

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