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Opinión

La quinta columna dentro de la democracia

Sabido es que la expresión “quinta columna” se utiliza para designar, en una situación de confrontación bélica, a un sector de la población que mantiene ciertas lealtades, tanto reales o percibidas, hacia el bando enemigo. Esta lealtad puede deberse a motivos religiosos, económicos, ideológicos o étnicos. Por tanto, tal característica, hace que se vea a la quinta columna como un conjunto de personas potencialmente desleales a la comunidad en la que viven y susceptibles de colaborar de distintas formas con el enemigo.
Estamos en guerra. Desde la convocatoria a tomar el Capitolio se dio a los movimientos negacionistas, radicales y antidemocráticos, el visto bueno para tomar el poder por cualquier medio. En la vieja Europa se está configurando una corriente de los fascismos para lograrlo.

El llamado blanqueamiento de las fuerzas políticas que sostienen grupos económicos, religiosos y mediáticos, se traducen en propuestas antidemocráticas o, por tomar el caso español, anticonstitucionales. Dentro del repertorio de la acción de las formaciones ultraderechistas, se aprecian nítidas operaciones de quintacolumnismo. Actúan en la retaguardia de las instituciones democráticas socavando los principios que les dan sentido. Desde púlpitos y cenáculos se derraman proclamas de revancha.
En este ambiente, lleno de violencia y alentado desde las cabeceras de los medios escritos, los micrófonos o las pantallas televisivas, se moviliza a esas gentes que carecen del sentido crítico para discernir lo que son o no son las reglas del juego democrático. Se alienta quebrar esas normas, para así legitimar la violencia verbal o física en la eliminación del denominado “enemigo”. Son acciones movidas por el combustible del odio.

Históricamente, estas prácticas son conocidas. Llevaron desde los exterminios masivos a las luchas por la reconquista. Tanto desde los fascismos hasta los partisanos que combatieron al invasor, la utilizaron. Pero, aquí, recordaremos lo dicho por el general sublevado Emilio Mola cuando, por exceso de entusiasmo guerrero,
cuando concedió una entrevista a periodistas extranjeros, al tiempo que sus tropas marchaban sobre Madrid, uno de los reporteros decidió preguntarle que con cuál de las cuatro columnas que se aproximaban a la capital tomaría la ciudad. Mola, quizá en alarde de prepotencia o quizá por un despiste imperdonable, respondió que “con ninguna de ellas, sino con la quinta, que ya se encontraba en el interior”. Era la conformada por los simpatizantes del golpe de Estado de Franco.

Esa idea y expresión pasó seguidamente a todas las guerras posteriores, como en la Francia de los momentos previos a la invasión alemana, Se llamó así a los franceses que, residiendo dentro de Francia, esperaron que, en 1940, se consumase la derrota.

Me pregunto si estos mensajes coordinados por los medios y sus comunicadores, con un tono y temática indisimuladamente agresiva contra el poder constituido, podrían cubrir ese cometido. Los quintacolumnistas sólo buscan desestabilizar. No les interesa la búsqueda de la verdad. Habitan la postverdad. Difunden impunemente bulos y medias verdades sin el menor pudor.

Porque todo aquello que signifique respaldar políticas xenófobas o fundamentalistas en materia religiosa, misóginas, negacionistas y ultraliberales, les vale. En definitiva, el nuevo quintacolumnismo procura contrariar los derechos civiles en particular, y los derechos humanos en general, cuando se posiciona contra los valores democráticos fundacionales de la Unión Europea.
Advertidos.

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