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La salud mental como proyecto de país

La II Guerra Mundial fue el acontecimiento más aterrador que haya vivido la humanidad durante el siglo XX, pero de esta calamidad nacieron los bellos derechos humanos. Unos nuevos mandamientos en papel que permitieron mirarnos a nosotros mismos como seres que merecían el derecho al buen trato, a la sanidad, a la educación o a la buena vida. Que merecían el derecho humano a ser felices, independientemente de nuestra edad, nuestro género, nuestra clase social, nuestra raza, nuestra ideología o nuestras creencias religiosas. El binomio crisis-oportunidad se materializó, a partir de un inmenso trauma de gigantesco dolor, en una salida moral plena de bondad y esperanza.

Pues si la II Guerra Mundial fue el acontecimiento más aterrador que haya vivido la humanidad durante el siglo XX, el más impactante que nunca antes haya vivido nuestra generación en el siglo XXI ha sido la Pandemia del COVID. Y si la II Guerra Mundial trajo consigo los derechos humanos, la Epidemia Mundial del COVID debería traer el derecho a la atención digna a nuestra Salud Mental, el derecho a sentirnos mal y el derecho a pedir ayuda cuando no podemos más. Porque si algo nos ha enseñado el COVID y sus confinamientos, sin ya estigma alguno, es que el malestar psicológico forma parte de nuestra vida y que ninguno estamos a salvo de él cuando nos golpea.

Porque el COVID nos ha golpeado en plena crisis de valores y de recursos del capitalismo. Un capitalismo neoliberal hiper-extractivista y poliadicto que no ha parado de bombardearnos desde la invención de la industria de la publicidad en que ser felices es una obligación. Y en medio de la obligatoriedad de la felicidad, que nos dice que necesitamos ser felices a toda costa, que seamos unos “hacedores” incansables, una empresa que nunca cierra y una sonrisa de joker 24/7, el COVID nos cortó la vida y la capacidad de cumplir este mantra manufacturado.

Así que, frente a la obligatoriedad de la felicidad, reclamemos que tenemos derecho a ser felices. Pero también, el derecho a no serlos, el derecho a estar mal, el derecho a caernos y el derecho a pedir ayuda. Y que ese sea el momento más valiente de nuestras vidas. Y dentro de todos estos derechos humanos, reclamemos el deber del estado de atendernos cuando nos sentimos mal. O cuando nos caemos. O, simplemente, cuando queramos ayuda.

Por ello, la Salud Mental es, y debe ser, nuestro gran proyecto de país.

Porque que nos cuesten los trastornos mentales 46.000 millones de euros cada año en España y no nos tomemos la Salud Mental como una cuestión de estado, no es un proyecto de país. Que cerca de la mitad de este coste corresponda solo a los trastornos emocionales (la depresión, la ansiedad y las somatizaciones), un total de 23.000 millones de euros al año, y no nos lo tomemos como una prioridad, no es un proyecto de país. Porque que seamos el segundo país con menos psiquiatras, psicólogos y enfermeras de salud mental de Europa, y tratemos estos problemas casi exclusivamente con psicofármacos, haciendo que seamos el segundo país con mayor consumo de Europa, no es un proyecto de país.

Pero lo que sí les diré qué no es un proyecto de país, es ver que la población más joven está siendo la más golpeada por esta pandemia y no hagamos nada. Y que el suicidio se haya convertido en 2019 en la primera causa de defunción en la juventud española de entre 15 a 29 años, superando a los accidentes de tráfico y la muerte por tumores y no hagamos lo que nos toca es, simple y llanamente, un desastre de proyecto de país.

Déjenme que les diga también qué es una verdadera vergüenza de proyecto de país. Presupuestar 100 millones de euros durante 4 años, 25 millones al año, para Salud Mental. Eso. Eso es una absoluta vergüenza de país. 46.000 millones de euros señoras y señores. El suicidio primera causa de muerte no violenta en España. La gente joven con un aumento del 32% de problemas de salud mental como ansiedad y depresión durante 2020. Que sólo quien tenga recursos económicos pueda permitirse ir a un psicólogo o un psiquiatra privado. Y que todas estas y muchas otras calamidades humanas vayan a ser abordadas con un plan de 100 millones de euros. (Sí, lo han leído bien). 100 millones para cuatro años. Esto es de todo menos un proyecto de país.

Un proyecto de país es el que pone a la Salud Mental en el centro de la vida. Un proyecto de país es aquel que utiliza la mejor ciencia que disponemos al alcance para hacer frente a uno los mayores retos a los que nos enfrentamos, la atención digna a la Salud Mental. Un proyecto de país, es aquel que contrata masivamente a psiquiatras, psicólogos clínicos, enfermeras en salud mental y profesionales sociosanitarios para contener todo este dolor desde nuestra sanidad pública y los servicios sociales. Un proyecto de país, es el que sabe que, por cada 1 euro invertido en terapias psicológicas para la ansiedad y la depresión, el estado se ahorra entre 3 y 6 euros, y si estas intervenciones son en grupo, incluso puede llegar a los 15 o 20 euros de ahorro. Un verdadero proyecto de país es aquel que reduce la precariedad laboral, sube salarios mínimos, regula los precios de los alquileres y le da condiciones de vida dignas a la gente. Un honroso proyecto de país es aquel que pone freno y cierra todas las casas de apuestas que puede en cada barrio popular, para que nadie haga negocios millonarios con el dolor, sufrimiento y bancarrotas de miles de familias humildes.

Un enorme proyecto de país, es aquel que invierte en el bienestar emocional de la infancia, la adolescencia, los maestros y las familias desde las escuelas y los ámbitos municipales. Ese que además sabe que, gracias a la ciencia, la mejor herramienta del mejor proyecto de país que uno pueda tener, por cada 1 euro que invierte en programas de bienestar emocional en la escuela ahorra entre 20 y 30 euros. Porque además sabe que estos programas previenen la ansiedad y la depresión, reducen la ira, la hostilidad y la agresividad, aumentan las conductas cooperativas y prosociales y, además, proporciona a su gente más joven las emociones más positivas y necesarias para construir el mejor de los mundos posibles. Eso. Eso es un verdadero proyecto de país.

Y frente a los proyectos de caverna basados en el negacionismo, las emociones más corrosivas y los discursos de odio, tenemos Esperanza. Si aprovechamos los fondos europeos para reforzar los servicios públicos y así seamos capaces de hacer que nuestros compatriotas se sientan escuchados cuando lo necesitan, confiarán en nosotros. Porque podemos gestionar mucho mejor los recursos públicos y transformar nuestra sociedad desde la confianza, desde la empatía, desde la aceptación de la diversidad, desde la solidaridad, desde la alegría y el optimismo, desde las emociones más positivas que necesitamos para salir juntos de esta crisis, creciendo frente a las adversidades. Miren, el mejor homenaje que podemos hacerle a las víctimas de la COVID, a sus familiares, a todos los que han sufrido y se han sentido solos o abandonados en estos tiempos es darle lo mejor que tenemos. Ciencia, empatía y servicios públicos de calidad.

Ahora es el momento de construir un mundo nuevo. Un mundo nuevo donde la Salud Mental sea el centro del mejor proyecto de país. Porque la Salud Mental es el mayor de los tesoros que tenemos los seres humanos. Y para ello, necesitamos presupuestos dignos para Salud Mental.

Roger Muñoz Navarro
Doctor en Psicología y Profesor de la Universitat de València

 

 

 

 

 

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