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Opinión

Los enemigos de Roma

Los enemigos de Roma

“Que me odien con tal de que me teman; no me importa cuántos mueran por ello pero el emperador debe ser respetado como artista y soberano”.

La Humanidad ha decidido lanzarse hacia su propio abismo sin frenos. Hemos pasado de una conciencia colectiva por salvar nuestro futuro hasta hace pocos años, a lanzar mensajes sin ningún tipo de pudor sobre la negación del cambio climático. Políticos, empresarios, periodistas han decidido sin vergüenza alguna negar con total impunidad lo que científicos, expertos y biólogos llevan décadas advirtiendo: estamos llevando al planeta Tierra al borde del abismo. La crisis climática, provocada por el calentamiento global, tiene su origen en las emisiones provenientes del consumo de energías fósiles, es decir, petróleo y carbón.

La guerra en Ucrania y la apuesta decidida por aumentar el gasto militar y el consumo del carbón es el gran ejemplo de un cambio social digno de estudio sociológico y político. Qué lejos quedan los años del “No a la Guerra” que, entre otras cosas, propugnaba no sólo la vía diplomática para acabar con miles de muertes de inocentes, sino como forma de proteger el lugar donde el ser humano vive.

Una parte de la sociedad parece que ha dejado de tener conciencia sobre la importancia del ahorro de energía y que, entre todas y todos, incentivemos un cambio de hábitos que permita una mayor eficiencia. Ayuso es el ejemplo de esto. Y Abascal. Y Monasterio. Y en general toda la derecha y ultraderecha española que parecen vivir en otro planeta ajenos a lo que está ocurriendo a la vista de todos y todas. Deshielo de los glaciares, el preocupante aumento de la temperatura media y, sobre todo, la mayor frecuencia de catástrofes naturales. No sé qué tiene que pasar para darse cuenta de que estamos siendo testigos de un cambio climático que sufrirán, sobre todo, los más jóvenes.

Las medidas adoptadas por el Gobierno de España sobre ahorro energético ya debieron ser adoptadas hace veinte años. Probablemente hoy no las pondríamos en cuestión, al igual que hoy no ponemos en cuestión que se pueda fumar en un espacio cerrado. Aun así son bien recibidas por quienes creemos y estamos concienciados de que el cambio climático debería ser una de los grandes temas en los que toda una nación debería estar de acuerdo, sin fisuras e independientemente de las siglas políticas.

Viviendas y oficinas son las responsables de alrededor del 40% del consumo energético y del 36% de las emisiones de gases de efecto invernadero. En cambio, solo el 1% de los edificios se someten a renovaciones energéticamente eficientes cada año. He aquí el gran problema. De hecho el Instituto para la Diversificación y el Ahorro Energético asegura que cualquier construcción anterior a 1980 es una devoradora de energía. Debería ser objetivo máximo la rehabilitación de los edificios en España, aunque mucho me temo que seguimos sin entenderlo, como bien explica Alejandro Inurrieta en su maravilloso libro “Vivienda: la revolución más urgente”.

Ante este desesperante panorama, nos encontramos con psicópatas enfermas de poder, que presiden gobiernos y que tratan a la ciudadanía como auténticos imbéciles. Negar el cambio climático se está convirtiendo en uno de los elementos centrales de la retórica de la derecha radical populista sobre todo en los últimos años. La ciudadanía, aletargada por un sistema que se ha exprimido a fondo para mantener a raya cualquier tipo de cambio en el “status quo”, tiene la responsabilidad de detectar estas señales, señales de quienes han declarado la guerra al futuro en detrimento de sus propios privilegios. Porque lo que está en juego es nuestra propia supervivencia, la nuestra y la de las generaciones venideras. Y de esta situación, sobre todo la que tiene que ver con el cambio climático, no saldremos nunca sino trabajando en común.

Hoy más que nunca se hace muy necesario darle la espalda a quienes han decidido negar la ciencia. Tener una ideología está bien, pero  ser un obtuso funcional resulta preocupante. Recuérdenlo en las próximas elecciones porque, al igual que el despótico Nerón fue considerado enemigo público de Roma, hoy más de dos mil años después debemos rechazar a quienes consideran que el cambio climático es una invención, y considerarlos los nuevos enemigos públicos del lugar donde vivimos, nuestro planeta.

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