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Opinión

L'union est la force du peuple

Los sondeos sitúan a Mélenchon como tercera fuerza política en Francia
Por Roberto Sotomayor miembro del CCE Podemos e Itxaso Cabrera, diputada Podemos en Las Cortés de Aragón

La izquierda francesa lleva ya varias veces sorteando al monstruo de la extrema derecha, y un día el susto puede ser muy serio. Mélenchon ha comprendido la situación excepcional en la que nos encontramos, la clase progresista ha entendido perfectamente el mensaje. Con un tablero político completamente revuelto, la única opción que existe en estos momentos es llegar a acuerdos de calado social sin precedentes. El único camino posible para desmontar a la extrema derecha es practicar políticas sociales y reales que, sobre todo, deben ir encaminadas a la erradicación de la pobreza y los problemas de la juventud. Sobre todo la juventud, y es aquí, donde la Nueva Unión Popular Ecológica y Social (el nombre de la plataforma bajo la que concurrirán los partidos de izquierda unidos) tiene que presentar la batalla: el ingreso mínimo de los 1.063 euros de la línea de pobreza para los que no vivan con sus padres es una medida fundamental. El desencanto de los jóvenes con la clase política viene dada por la pasividad de estos últimos.

En España estamos igual: salario mínimo de 1.400 euros y la jubilación a los 60 años son también la clave de un acuerdo que se me antoja histórico. Hemos comprendido cuáles son las prioridades, cuál es la clave política y la necesidad que nos acerca a las verdaderas necesidades de la ciudadanía. El futuro, si depende de la juventud, se está garantizando con la estabilización de empleo, intentando eliminar día a día una precariedad que sigue persiguiendo a las y los más jóvenes. Tenemos ejemplos claros de ello a lo largo de los últimos cuarenta años. En Alemania saben bastante de ello: los movimientos neonazis de principios de los años noventa (con hasta 2.639 ataques racistas en 1992) demostraron hasta qué punto estamos en un momento transcendental de nuestra historia. No podemos cometer errores del pasado. Necesitamos más que nunca construir unidad para frenar al monstruo. La pérdida de los lazos sociales, de perspectivas y el aumento de la intolerancia son el cultivo necesario para la construcción de ese sentimiento del "nosotros" que la extrema derecha española inocula por vena a los y las jóvenes de nuestro país proporcionándoles reconocimiento, y seguridad. Un sentimiento identitario enormemente perjudicial para el futuro.

El monstruo europeo se llama fascismo, se llama políticas de austeridad, se llama recorte de derechos humanos mientras unos pocos miran a las desgracias como la mejor oportunidad de encontrar su nicho de negocios. Para frenarlo no hay mejor receta que la defensa de los derechos más básicos. Puede parecer un retroceso en los planteamientos que quieren mirar al futuro pero solo con ese trampolín de la defensa de lo público podremos alcanzar el horizonte del bienestar social. La frustración de la juventud puede derivar al odio, odio hacia muchos colectivos que pueden considerar culpables de todos sus males. La extrema derecha aquí entra como un rodillo, aprovechándose precisamente de las frustraciones.

Todo ello obedece a un giro de la derecha conservadora hacia posiciones más autoritarias, arrastrados por una derecha radical populista que ha colonizado el espacio de los primeros, hasta el punto de que se ha normalizado el discurso retrógrado y especialmente peligroso para la propia supervivencia de la Unión Europea y los derechos y libertades que se han conquistado durante los últimos años. No nos tomemos en broma el asunto. En EEUU están a punto de dar un paso atrás de casi 60 años si el Tribunal Supremo próhíbe finalmente el aborto. Estamos hablando del éxito de las posiciones más ultras dentro del corazón de la que se supone es una de las democracias más consolidadas del planeta. El asalto al Capitolio fue un aviso que algunos no se tomaron en serio.

La aprobación de la Ley de la Eutanasia, la Ley de protección a la infancia o la Ley de Cambio Climático son solo algunas de las más de 40 leyes que el Gobierno de España ha aprobado a lo largo de dos años. Una idea de defensa de vida y de futuro que hace a la par de ejemplo sobre dónde está y debe de estar el foco político.

Los desafío que la pandemia o la guerra contra Ucrania han abierto en nuestro país no son banales, la derecha siempre va a estar pensando en cómo hacerlo todo más complicado, ahora, ahora No existe otra solución que la de hacer frente común al desafío más importante al que se enfrenta nuestra democracia, que no es otro, que parar los pies a un enemigo común, un movimiento reaccionario que pretende devolvernos a tiempos ya olvidados. La izquierda española ha de afrontar esta oportunidad. Estamos en un momento crucial.

Acabar de una vez por todas con el paro juvenil que ronda el 43,9% , de los más altos de los países de la OCDE, subir el SMI hasta los 1.200 euros, volver a presentar políticas de vivienda eficaces con rentas básicas para que los jóvenes puedan sufragar el alquiler. Aumentar el gasto público destinado a la vivienda (actualmente representa el 0,1% del PIB), crear un verdadero mercado de alquiler público: no puede ser que en las últimas décadas los planes de vivienda hayan sido dirigidos a las capas de población comprendidos entre 2 y 3,5 veces el SMI. Acabar con la precariedad juvenil que hace que, entre otras cosas, el 75% de los jóvenes migrantes no tengan un trabajo decente. Todo esto ayudará a reducir ese 75% de familias que no llegan con solvencia a final de mes (según datos de informes de la UGT).No puede ser que el 50% de los jóvenes españoles (según el INE) cobre menos de 1047 euros al mes. Este dato es completamente inaceptable.

A la ultraderecha y la derecha radical populista se la gana con políticas sociales efectivas. No importa cómo les llamemos: son los de antes, lo carca, lo caduco, lo individualista. Pasemos a ese colectivismo tan necesario para la defensa de lo común, nunca dejemos las calles, impliquémonos en cada barrio, con políticas de integración y de igualdad. La situación política actual no permite, a diferencia de otros tiempos, perderse en discusiones estériles sobre cuotas de poder. No permite perderse en el fondo y sí en el contenido. No permite andarse con soberbias, ni con escasez de altura de miras. El momento, la situación concreta actual permite tener generosidad a raudales, mucha responsabilidad por lo que nos estamos jugando como país, y sobre todo, requiere de muchísima valentía para pasar a la historia como aquellos que, esta vez sí, no dejaron pasar a la extrema derecha con ansias de venganza y de rencor.
Tomemos nota de Francia, estamos a tiempo. En juego está la propia democracia, y los derechos de millones de personas que han puesto todas sus esperanzas en un gran frente amplio que proteja a la gente de la barbarie. No les podemos fallar. Esta vez no. Y es que al final, como dirían en nuestro país vecino: L'union est la force du peuple.

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