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Deporte

Mi equipo preferido, hoy en Diario Tokio 2021

"Vivir fuera de tu patria. Pasar años y años en el exilio, sin pertenecer nunca a ningún lugar, sólo esperando el final de la locura para que podamos volver a casa."

Este párrafo forma parte de una carta que escribió Yusra Mardini contando el periplo trágico de lo que supuso huir de su país, Siria, a los 18 años de edad, junto con su hermana. Es una de las miles de historias que hay, de gente como tú, - lector que hoy estás leyendo esto- y como yo, que un día tuvieron una casa, un trabajo, y un lugar donde vivir y que de repente  todo cambió por culpa de una guerra sin fin.
La historia de Yusra es conocida por lo dramático de su viaje, cuando su embarcación donde viajaban rumbo a Grecia se hundió. Gracias a que ella y su hermana eran nadadoras pudieron llegar a la isla de Lesbos después de más de 4 horas en el mar.  Con síntomas de hipotermia Yusra y Sarah continuaron su eterno viaje atravesando 7 países hasta encontrar asilo en Alemania donde hoy residen. Gracias al programa de Becas para Refugiados impulsado por el COI, Yusra pudo competir en los JJOO de Río en 2016 y estos días repite en los de Tokio 2021.
En Tokio también estará de nuevo Popole Misenga. A sus 8 años presenció el asesinato de su madre y sus tres hermanos en Bukavu, al este del Congo. Tras una huida escapando de las matanzas de las milicias rebeldes, Popole deambuló solo por la selva durante más de 8 días hasta que unos soldados lo encontraron y lo llevaron a un centro de menores en Kinshasa. Sus cualidades atléticas le llevaron a practicar judo y a formar parte del equipo nacional. Pero allí encontró más violencia. Los entrenadores cuando perdía un combate lo castigaban en una celda durante días alimentándose tan sólo a base de pan y café.
En uno de sus viajes a Brasil con su selección, Popole huyó y una vez más se refugió en la soledad, esta vez en las calles de Río. Junto con su compañera, la también yudoca Yolanda Mabika, malvivieron en las calles, sin pasaporte, sin dinero, hasta dar con una comunidad de refugiados congoleños. Allí obtuvieron el estatus de refugiados políticos. Su enorme capacidad competitiva hizo que pudieran llegar a obtener una beca olímpica para optar al programa del equipo olímpico de refugiados.
La historia de Yusra, de Popole o de Mabika son las historias de miles de deportistas que han tenido que huir de sus hogares. No hablan el mismo idioma pero la bandera olímpica es la que les une a todos representando a más de 60 millones de personas. Por desgracia, la existencia del Equipo Olímpico de Atletas Refugiados sigue siendo tan necesaria como lo era hace cinco años cuando se creó.
Si uno se fija bien se les puede ver competir en diferentes deportes. Y cuesta, cuesta mucho imaginar por todo lo que han pasado en sus vidas hasta llegar allí. Y cuesta, cuesta mucho comprender el mundo miserable que estamos construyendo para el futuro.
No tener un equipo olímpico de refugiados sería la mejor noticia. Pero la realidad es otra. Ellos representan la verdadera esencia original de los cinco aros olímpicos. Por eso ellos son mi equipo preferido.
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