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Cultura

Natos y Waor llamarían “hijo de puta” a muchos, pero nunca a Marx, tampoco a La Mala Rodríguez

Natos y Waor no llamarían hijo de puta a Marx Mala Rodríguez 15M rap

Para quienes desarrollamos nuestra adolescencia en los barrios humildes de las periferias urbanas, los bombos y las cajas descargadas de plataformas pirata en un MP3 de escasa memoria representaron el hilo musical de compañía. Quizá, como forma contestataria a las grandes producciones del descafeinado pop de talent show televisivo.

Una seña de identidad que generó una enorme tribu urbana a principios de los años 2000 donde, entre pintadas con Montana en muros de hormigón y acrónimos que nos dotaban de pertenencia a un grupo invisible para las instituciones públicas, forjaron sólido hueco en nuestros auriculares nombres como SFDK, Violadores del Verso, Duo Kie, Tote King, Kase O, Nach o La Mala Rodríguez.

Su irreverencia llamaba la atención en un mundo profundamente desigual, quizá producto de la crítica social –probablemente en muchas ocasiones sin ser conscientes de ello– que los raperos introducían en sus temas, imagen de las vivencias que narraban en primera persona. Algo que provocaba una identificación colectiva entre los que no nos podíamos codear con la élite en la sesión light de Pachá.

Entre lo que hoy denominan beefs y competiciones por ser el más “real” dentro del género, disputas entre lo comercial y lo underground, el hip hop español se asentó como gran referente en la escena musical, dando lugar a múltiples variantes y formas de vivirlo. Gracias, en parte, a ello, muchos comenzamos a forjar nuestra sensibilidad social y conciencia de clase.

Como todo, la industria supo aprovechar el boom, firmando contratos con artistas del panorama urbano y despojando a cierto sector de la criminalización a la que el ambiente estaba sometido. El rap acaudaló muchos bolsillos, los menos los de los artistas, y comenzó a ser común, ya años después, encontrarles en disqueras como Universal, sentados en platós de televisión o brindando su imagen como publicidad de grandes casas de apuestas. Y ya se sabe: en este punto mandan los que pagan.

Nadie imaginaría por aquel entonces que “el trato” que decía tener La Mala le llevaría a afirmar el pasado 23 de julio para la revista The Objective, cuya dueña es la conocida antichavista Paula Quinteros –que también dirige un medio en Venezuela muy crítico con el gobierno–, que “Marx era un hijo de puta”. Aupada, siempre quizá, por el altavoz que le brindan las contrataciones que mantiene con grandes productoras musicales y con Atresmedia, María Rodríguez ha representado el culmen del objetivo cumplido ideológico de la industria.

Una entrevista, a colación de la publicación de su libro, que no ha dejado indiferente a nadie, sobre todo, por las preguntas que le han dirigido: muchas sobre la situación en Cuba, pocas sobre su nueva producción. ¿Casualidad?

¿Qué le dirían Natos y Waor a la Mala Rodríguez? El rap también vivió su 15M

Llegó la crisis del 2008 y, con ella, los hijos de la ruina aprendimos que el sueño americano pocas veces llegaba a las barriadas de color gris. Se materializó en la explosión social del 15M pocos años después, una oleada de descontento que en 2011 comenzó a generar profundos cambios, y no solo en el ámbito político.

Ligado al apagón industrial del rap debido al abandono de las grandes discográficas por la explosión de otros géneros más rentables –en la que si bien asomaron la cabeza artistas englobados en conglomerados como A13 o Grimey–, el mundo del hip hop tuvo que reinventarse. Justo en 2011, entre batallas de gallos prácticamente improvisadas, comenzaron a surgir nombres como los de Natos y Waor.

Una nueva generación comenzaba a congregarse en los parques y plazas públicas de las capitales, y los centros sociales autogestionados, las okupas de los barrios humildes, acogieron en sus fiestas y precarias salas de grabación a muchos de ellos. Temas que mezclaban la frescura de una juventud desencantada con un profundo compromiso social, influenciado no solo por los referentes clásicos del rap, también por otros grupos provenientes de géneros como el punk, el reggaetón o el rock.

Desde la “independencia” discográfica y el trabajo colaborativo entre los pocos recursos de los que disponían los círculos de los artistas, el rap concitó a una nueva dimensión de creadores, que ya no competían por sueños megalómanos ni millonarios contratos, sino que cooperaban, desde el profundo respeto a sus antecesores y a su origen, entre sí.

Así lo expresaba Fernando Hisado, más conocido como Waor, ataviado con una bomber plagada de crestas levantadas, calaveras y simbología antifascista en su documental Underground Kings, que decidieron subir gratuitamente a la plataforma audiovisual YouTube para que se pudiera acceder a su historia sin tener que pagar por ello. “Dijimos: a partir de ahora esta tiene que ser la dinámica. Buscar las salas y montárnoslo por nuestra cuenta”.

“Somos dos tíos que valoramos la independencia y rechazamos la autoridad en todos los planos de nuestra vida”, declaraba Gonzalo Cidre, Natos, sobre su forma de trabajar en la música para Mondo Sonoro.

Recycled J., FernandoCosta, Hard GZ, Ajax y Prok, Foyone, Denom, Juancho Marqués incluso nombres como Jarfaiter, entre otros muchos, surgieron amparados por esta nueva filosofía que tanto ha calado, de nuevo, en las periferias urbanas por su cercanía a la realidad. Su compromiso social no solo les ha llevado a ser críticos con la gran industria musical, también a posicionarse de manera explícita en la actualidad política del país. “El rap da voz a quienes no la tenían, y eso es un peligro según para quién”, declaraba Waor para El Periódico.

Entre tweets de solidaridad con el pueblo colombiano ante la represión del gobierno de Iván Duque, críticas a los medios de comunicación a los que acusan de no llamar “nazis a los nazis”, historias en Instagram invitando a las personas homófobas a no escuchar su música, anunciando una taxativa política de expulsión de sus conciertos ante cualquier atisbo de LGTBIfobia y acudiendo a las manifestaciones convocadas en protesta por el asesinato de Samuel Luiz, la nueva generación no solo se ha ganado al público –que reiteradamente les sitúan en los números uno de todas las listas de éxitos, no exentos del recelo de la industria musical, que les ha puesto trabas–, también el respeto que ellos mismos manifiestan por parte de los iconos clásicos del rap, lejos de críticas obstinadas y alardes de individualismo.

Nacidos de la solidaridad popular y conscientes de la deuda que tienen con ella, de sus raíces, han abierto un cisma en el mundo de la música urbana, proliferando una manera de trabajar colectiva, de apoyo mutuo e independiente a los grandes poderes económicos, desde artistas a técnicos. No sujetos, por tanto, a la censura. Tampoco beneficiarios del altavoz que brinda el oligopolio mediático, claro.

Cuesta creer así que adalides "orgullosos" de su procedencia popular, de la que saben que cosechan los triunfos fruto de la solidaridad y el trabajo, llamaran “hijo de puta” a Karl Marx, mucho menos a la capitalizada Mala Rodríguez, sí a muchos otros a los que prefieren no mencionar. Quizá porque, observando los precedentes represivos asentados en España respecto a los artistas más contestatarios, “un par de añitos se comían”.

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