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Opinión

¡No a los sembradores de la discordia!

Vox es todo menos estabilidad, menos sosiego, Vox es todo lo contrario al buen rollo. Promueven un país más feo y más crispado. Si una mayoría acaba seducida por sus cantos de sirena, estamos perdidos.

Usan la intimidación como arma política, claro que no intimida solo Vox. Siembran la discordia y hurgan en las inseguridades del ciudadano de a pie, en sus miedos, prometen un mundo idílico con mejores trabajos, más libertad, un mundo en que la leche y la miel manarán por las esquinas… y les compran el discurso; hay pobres que se lo creen y se colocan ufanos la banderita en la pulsera y en la mascarilla, ¿cómo se entiende eso?

Como decía alguien el otro día, en todas las tertulias televisivas encontrarás un periodista de okdiario, un economista liberal, un expolítico corrupto y un presentador antiPodemos. Igual tiene algo que ver. Porque esto es así no solo en las televisiones privadas, sino también en las públicas. Lo de las televisiones públicas en España, tanto la del Estado como las autonómicas, son una de las mayores vergüenzas para quienes creemos en la necesidad de un periodismo decente. En una televisión pública, por ahí lo tengo escrito, no se le debe tener respeto al político que reclama espacio para mentir y no respeta al espectador, propietario último del medio a cambio del derecho de estar bien informado. O por lo menos a no ser engañado.

Conviene recordar cada día, y más en tiempos preelectorales como lo son ahora en Andalucía, que las derechas han votado en los últimos tiempos contra muchas cosas que beneficiarán al bolsillo del ciudadano medio: votaron en contra de bajar 20 céntimos la gasolina y el gasoil, votaron contra la bajada del IVA en la electricidad del 21 a 10 por ciento, lo hicieron también contra la regulación del alquiler, la llegada de miles de millones de fondos europeos para la agricultura, la pesca y el transporte. Aún así, todo esto se ha conseguido a pesar de ellos, del PP y de Vox. No, no serán estos partidos de la derecha camorrista quienes mejoren nunca la vida de la gente. El problema es que aún así, hay pobres empeñados en votarlos, ¿cómo se entiende eso?

Quizás tenga algo que ver que hemos caído en la trampa de otorgarles toda la cancha del mundo y además replicamos sus provocaciones, lo que se ha traducido en que más se airean y más se habla de ellas, que es precisamente lo que buscan. Estaría bien procurar no comprarles el marco a los ultras ni por un instante, porque si lo hacemos nos comportaremos como unos verdaderos pardillos.

Madre mía, ¡quién nos ha visto y quién nos ve! Ahora que se aproximan las elecciones andaluzas, no puedo dejar de recordar los tiempos en que cantábamos himnos de protesta y salíamos a pelear a las calles, los tiempos en que apuntalábamos nuestros anhelos con estimulantes lecturas y debates enriquecedores. Nos íbamos a encargar de que nuestros hijos vivieran en un mundo mejor que el nuestro y a estas alturas, al menos yo y más en Andalucía, me muero literalmente de vergüenza.

Como decía al principio, si una mayoría acaba seducida por los cantos de sirena de la ultraderecha, estamos perdidos. Será una marcha atrás irreparable en la que volverán los tiempos del blanco y negro y la mano dura. Y cuando años más tarde pase el tsunami y hagamos recuento de daños, tendremos que volver a empezar prácticamente de cero.

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