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Opinión

No hay tiempo que perder

Uno de los grandes desafíos que afronta la izquierda hoy es, en un primer momento, llegar a un gran acuerdo para establecer un gran frente popular que aúna esfuerzos y voluntades para frenar el avance de un movimiento ultra reaccionario que está avanzando como una apisonadora por toda Europa. Y no hay tiempo que perder, y no valen medias tintas. Hay mucha gente en este país que mira con mucha preocupación el crecimiento de un discurso disfrazado de constitucionalista que esconde un auténtico muñeco diabólico. La derecha radical populista que, dicho sea de paso, ha sido y sigue siendo blanqueado por muchos medios de comunicación, con contertulios de extrema derecha que normalizan el discurso identitario, antifeminista (abogando por el repliegue al hogar de las mujeres), muy autoritario y bastante islamófobo en los platós de tv y radio y que está calando en la sociedad a pasos agigantados. El gran objetivo de esta derecha radical populista es la instauración de la “etnocracia”, esto es, una democracia en la que la ciudadanía esté basada en la etnia. Para ello propone crear un Estado monocultural cerrando las fronteras a los inmigrantes y dando a los “extranjeros” residentes la opción de asimilarse o ser repatriados. El ejemplo de todo esto es Castilla y León, gracias a la complicidad de Núñez Feijóo que pretende colar en el imaginario de todas y todos los ciudadanos que Vox es otro interlocutor político igual de válido. Cómo ha cambiado todo en tan solo dos décadas, y qué lejos quedaron aquellos tiempos en donde la propia Unión Europea hacía un verdadero cordón sanitario a la ultraderecha austriaca.

La derecha radical populista lleva tiempo dominando los debates con varios temas que son su eje central: uno de ellos es la teoría conspirativa del “gran reemplazo” que fue popularizado por algunos autores franceses, entre ellos Renaud Camus. Vox lleva tiempo contaminando el debate en España con un discurso que se ajusta a esta teoría, que Occidente está siendo barrida por un auténtico tsunami de inmigración no occidental. Esta teoría ha sido repetida sucesivamente por Marine Le Pen, Matteo Salvini, Víktor Orbán o los líderes de la Alt-Right estadounidenses que son referencia hoy para los equipos de comunicación de Ayuso y Monasterio en Madrid. Este falaz discurso ha sido comprado incluso por la derecha tradicional culpando a los políticos progresistas de esta supuesta avalancha de inmigración porque odian a su propia nación. No hay más que leer en redes sociales a algunos diputados y diputadas del Partido Popular: el que se sale del renglón es un amigo de los terroristas de ETA o un comunista. No veamos con lejanía lo que está ocurriendo en EEUU. Los datos son los que son. De acuerdo con el índice global de terrorismo, elaborado por el Instituto de Economía y Paz, entre 2015 y 2020 los atentados terroristas de extrema derecha han crecido un 320% en todo el mundo, superando al terrorismo yihadista. En 2018 en Alemania se contabilizaron 1646 actos antisemitas, en Reino Unido 1652 y en Francia 541. En España el Ministerio del Interior ha documentado un aumento de los delitos de odio del 6,8% en 2019 con respecto al año anterior. Las cifras siguen creciendo. Y el discurso sigue normalizándose. La izquierda tiene que construir un gran frente común que sea capaz de parar este monstruo. Volver a ganar la batalla cultural.

El pasado viernes ocurrió algo muy importante. La izquierda derrotó a la derecha nacionalcatólica con dos medidas estrellas: la aprobación de un tope al gas que baje la factura de la luz, y la nueva Ley del Aborto en las que se encuentra una de las medidas más ambiciosas, la baja por reglas dolorosas, un derecho sin precedentes para las mujeres. Un derecho que difícilmente será abolido en el futuro. Situar el sentido común de nuestro lado, porque es ahí donde la izquierda tiene todas las de vencer. Los medios tienen su correspondiente parte de responsabilidad si no quieren que sean devorados por la semilla del odio que ellos mismos han colaborado en engendrar desde hace años. En juego hay mucho, la propia democracia tal y como la conocemos, con todos sus defectos, heredados por una transición anómala, y con todos sus éxitos.

La ultraderecha ha llegado y no se va a ir. Esto es algo que debemos tener claro, y aunque sus temas clave sigan siendo relevantes en los próximos años, es obvio que nuestra sociedad cambia rápidamente y que los niveles de aceptación de la diversidad están aumentando. La izquierda debería, en mi opinión, construir un gran espacio al estilo Mélenchon en Francia que se esfuerce sin medida y sin complejos en explicar por qué la democracia liberal es el mejor sistema político con el que contamos actualmente. Cómo este sistema protege a todos sin excepción incluso a los que están descontentos, entre ellos a un segmento de la juventud que ha encadenado ya dos crisis consecutivas en menos de 12 años. Un dato: Vox fue el primer partido entre los varones menores de 30 años con el 19,4% de los votos en las elecciones de 2019. No somos la excepción, en Francia Le Pen consiguió hasta el 21% de los votos entre los jóvenes de entre 18 y 24 años en las Presidenciales de 2017.

Tomemos nota, actuémos. No hay tiempo que perder. Recuperar la agenda política con nuestros propios programas políticos en lugar de ir detrás del discurso marcado por la extrema derecha que ha sido la tónica general en los últimos 3 años. Volver a salir a las calles y hablar con la gente para fortalecer los lazos comunitarios. Vox ha crecido porque muchas personas se sienten abandonadas en una sociedad cada vez más individualista: les ha hecho sentirse parte de algo en común con unos valores sólidos, como la familia (de la que tanto habla Macarena Olona), el orden y la patria, de la que no para de hablar Santiago Abascal. Si la izquierda vuelve a reconstruir una verdadera red colectiva con aquellos espacios de apoyo mutuo vecinales y asociativos que eviten toda esa frustración y rabia (sobre todo entre los y las jóvenes) podrá derrotar a la extrema derecha y evitará que dé ese salto local que empieza a ser ya un verdadero peligro en algunos países. Estamos en tiempo de hacerlo. Como dice Steven Forti: “Una democracia se puede perder muy rápidamente, pero para recuperarla se pueden necesitar años o, incluso, décadas”. Todos nos tenemos que arremangar y trabajar duro. La izquierda no tiene otra opción. No la hay.

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