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Opinión

Nos merecemos la primavera y Yolanda Díaz lo sabe

Hace unas semanas tuve el privilegio de reflexionar durante un par de horas con algunos compañeros. Participé en un debate sobre la reforma laboral. Un debate que constituyó un análisis en colectivo sobre la ventana de oportunidad que abre este nuevo paraguas legislativo.

La discusión fue muy interesante porque no sólo se abordaron las medidas concretas del articulado, poniendo ejemplos claros como la ultraactividad, el fin del contrato de obra y servicio, o la prevalencia de los convenios colectivos de sector por encima de los de empresa. Se plantearon, además, las consecuencias de dicho articulado en la realidad  específica del modelo de empleo de nuestro país y cómo ese cambio va a favorecer la posibilidad de influencia política de los sindicatos en los centros de trabajo.

Volví a casa pensando en lo útil que me resultó aquel encuentro. Tanto a mí como a los asistentes. Creo que nos cargamos de energía positiva en un tiempo en el que parece que nos atrapa la melancolía. Porque sí. En la izquierda caemos en la tentación demasiadas veces de hacer de la derrota costumbre. Y es que la velocidad cambiante de los marcos dominantes, a veces, nos impide mantener viva la memoria.

El debate me permitió ver aún más aspectos positivos en la reforma laboral de los que había observado en la simple lectura del Decreto. Y volvió a traerme a la mente, con todos los cambios que estamos viviendo, la urgencia de seguir construyendo un bloque de poder histórico que todavía está en pañales. Prueba de ello fue, precisamente, la votación de la propia reforma.

Pero es cierto, el Congreso no es la calle. Hay una distancia muy grande entre la política institucional y el común de los mortales que, cada día, levantan la persiana y hacen frente a sus realidades cotidianas. Una distancia que sería insalvable si el contexto fuera el de hace una década.

Hoy esa distancia se puede recortar. (Ya estoy escuchando el grito plañidero de la izquierda de toda la vida que le ve siete pies al gato antes si quiera de intentar desplegar estrategia alguna). Insisto. Se puede. Si tiramos de memoria y pensamos que en 2012 nos vendieron la necesidad de seguir recortando en derechos laborales para mantener sus beneficios, que asistimos al derrumbe de Bankia casi con las manos atadas y a las pérdidas de miles de empleos como sangría descontrolada, sin apenas oposición política con poder de frenarlo, nos daremos cuenta de que hemos avanzado.

No se trata de hacer triunfalismos, se trata de ser justos con la realidad y seguir aprovechando las posibilidades que se abren para continuar en esa senda. Es nuestro deber. Nuestro deber revolucionario. Porque, perdón, pero la revolución no es la nostalgia bucólica de otro pasado, en otros lugares y otros contextos. No va de esencialismos inamovibles, va de atreverse a cometer errores para cambiar la realidad.

La revolución es ser consciente del momento histórico y de las condiciones presentes. Es un compromiso con la vida y los derechos humanos, por mejorar aquella y garantizar estos. Nacimos con la determinación de estar en los lugares donde se toman las decisiones importantes. Y nunca, jamás, hemos pensado que llegar hasta allí, y mucho menos mantenerse, fuera a ser fácil. Pero no le debemos nada a nadie más que a quienes siguen confiando en que otro mundo es posible.

Por eso, la vía que abre Yolanda en el diálogo pausado que tanta falta le hace a esta sociedad es una nueva oportunidad para los corazones infatigables. Pero no nos engañemos. Ahí tiene que servir la experiencia aprehendida estos años. Porque las organizaciones políticas son imprescindibles. Podemos, de hecho, lo es. Tanto querer matarlo no es casualidad. Podemos es el partido político que consiguió millones de votos en dos años de vida y que a pesar de todos los ataques fue capaz de llegar a acuerdo con otras fuerzas políticas y entrar en el Gobierno. Se trata del partido político que nació de la indignación colectiva, de una cultura que llama a las cosas por su nombre, impulsada en su mayoría por gentes que nacimos ya en democracia pero que comparte importantes rasgos con otras organizaciones.

Que nadie piense que la tarea va a terminarse simplemente porque Yolanda , finalmente, dé un paso adelante. Incluso en el hipotético caso de que todo saliese bien, de que lográsemos la ansiada unidad fortalecida y llegásemos a ganar electoralmente, paso para spoiler: no va a ser fácil. Las alianzas estratégicas son fundamentales.

Organizaciones sindicales, políticas, asociaciones culturales, de vecinos, periodistas, sanitarios, personal de las administraciones públicas, trabajadores de la gran empresa pero también de la pequeña y autónomas, madres, cuidadores… En esta tarea histórica no sobra nadie. Necesitamos todas las manos, todos los corazones, todas las voluntades porque esta lucha es por la vida. Nos merecemos la Primavera y tenemos la suerte de que la Vicepresidenta y Ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, lo sabe. Pero no olvidemos que si en algún momento se le olvida, tenemos que ser multitud para recordárselo, desde la generosidad, la empatía y el espíritu consciente y revolucionario. Con determinación, honestidad y valentía.

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