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Ocio, consumo y juegos: la mercantilización de nuestro tiempo de recreo

Por Raúl Conde.

En latín, el término negotium no refiere únicamente a la negación del otium (del ocio, del tiempo de diversión y recreo del ser humano). Negotium puede significar también pestilencia o nauseabundo. La extracción de un provecho económico o moral de aquello que pertenece a una esfera recreativa se presenta en la tradición europea como un desvío ético, como algo reprochable y condenable. Marx, pionero en trasladar la crítica a la ética del beneficio al campo de la economía, nació 26 siglos después de que se conformaran las primeras variantes de la lengua latina y hebrea y, por tanto, su influencia en la semántica del término fue nula. La fascinación que los usureros, históricos capitalistas e incipientes burgueses, sienten por el lucro es similar a la que los religiosos ortodoxos experimentan sobre sus textos sagrados. El plusvalor, santo y seña de la economía capitalista, convierte el ocio en negocio, lo recreativo en lucrativo, lo humano en inhumano, y vierte sobre la conciencia un espíritu mercantil continuo. Si de algo puede extraerse un beneficio económico, ¿por qué no explotar las potencialidades de dicho producto?

Planteemos la discusión en estos términos y bajo la siguiente premisa: las formas de ocio que practicamos bajo un sistema capitalista reproducen lógicas mercantiles. Ilustremos esto. Durante los años 80, la juventud española desarrolló vínculos asociativos contundentes que se enfrentaban al modelo tecnócrata que se estaba implementando en el territorio español con el beneplácito del PSOE. En el norte, País Vasco, Navarra y Catalunya, se concentraba buena parte de aquellos jóvenes comprometidos con las causas sociales de su tiempo, organizados en asociaciones vecinales, organizaciones políticas y sindicales, etc. Aunque la ficción se ha encargado de retratar la situación de la juventud de la época, conviene recordar el destrozo que produjo la introducción de drogas duras en determinados ambientes y espacios juveniles. Al margen de conspiraciones y teorías difíciles de probar, el consumo de heroína, vendido como un pasatiempo inocente que colocaba a aquel que la consumía en la vanguardia de la contracultura, reventando todo lo que tocaba a su paso. Lo mismo ocurrió en Madrid hasta mediados de los 90, en la Sevilla pre-Expo 92 y en tantos otros lugares del Estado.

De estos hechos pueden deducirse, al menos, tres consideraciones. La primera, que la destrucción del tejido asociativo no puede tener éxito si no se promueven formas de hiperalienación y destrucción de la conciencia social. En segundo lugar, que vincular el ocio a prácticas en las que el lucro económico es el fin último de aquellos que lo promueven constituye una perversión justificada y amparada por la existencia de un sistema económico que así lo quiere y así lo promueve. Y en tercer lugar, que bajo el influjo del sistema capitalista no existen formas de consumo responsable y saludable, ni para la esfera de la salud personal ni tampoco para la comunitaria. Si estos tres aspectos confluyen, estamos ante una cancelación de las posibilidades de un ocio verdaderamente ocioso, lo que nos conduce de lleno a un hundimiento social controlado, tutelado por quienes controlan qué vemos, qué escuchamos y qué tomamos.

Si miramos nuestro tiempo presente, observamos que se ha producido una normalización del consumo recreativo de algunas drogas que hasta hace unos años marginaban a quienes las consumían. Quede al margen la discusión sobre la legalización de la marihuana, pues no es nuestro objeto de discusión. El consumo de cocaína, según un estudio de Rehably, ha aumentado en los últimos años hasta el 38% de la población comprendida entre los 20 y los 30 años. Es decir: que casi 4 de cada 10 jóvenes en esta franja de edad ha consumido cocaína esnifada o fumada. En comparación, y según el mismo estudio, el total de la población española con una edad entre los 14 y los 64 que ha consumido cocaína alguna vez es del 14%. Pero no todas las adicciones se materializan en polvos blancos. El INJUVE realizó en 2020 un estudio que calificaba en un 16'2% a los jóvenes de entre 15 y 29 años como usuarios habituales de juegos de azar en casas de apuestas. La edad media de los adictos a este tipo de juegos es de 23 años, y un 15% de ellos lo son desde los 18 años. De los jóvenes consultados en el estudio, un 26% de los hombres declaraban haber apostado legalmente alguna vez. Por el contrario, sólo un 7% de las mujeres de 15 a 29 años admitían haber jugado en casas de apuestas en alguna ocasión.

Si bien estos problemas existen desde hace décadas, los grupos de población afectados se han invertido con el paso del tiempo. Hace un siglo, los consumidores habituales de cocaína y heroína eran, en su mayoría, adultos de clase alta que accedían a estas sustancias como forma de recreo colectivo. Igualmente, el mundo de las apuestas era un espacio reservado a aquellos que se podían permitir dejarse los cuartos en las quinielas de las carreras de galgos. Tras el avance de la medicina y los estudios sobre drogodependencia y dependencias varias, el consumo se relajó hasta los años 50-60, con la aparición del LSD, las drogas sintéticas y la transformación de los clásicos salones de juego en casas de apuestas, diseñadas especialmente para exprimir hasta el último céntimo de sus clientes. Los movimientos sociales contestatarios que plantearon el consumo de drogas como un aspecto revolucionario de la identidad juvenil se deshicieron por el mismo consumo. Y cuando esto sucedió, fueron los hijos e hijas de los obreros quienes fueron arrojados al universo de jeringuillas y agujas que era la España post-franquista. Un mundo confuso, sin expectativas laborales, un ambiente enrarecido por el terrorismo etarra y de los GAL y la falta de alternativas fue la dosis perfecta que produjo el adormecimiento de la juventud española.

Ahora, la historia se repite con las casas de apuestas y el consumo de drogas normalizado. El lector podría preguntarse si pueden plantearse alternativas a este ocio dañino y destructivo. Efectivamente, existen formas de ocio en las que el consumo de alcohol (y, sencillamente, el consumo) o la exposición sexual no focalizan la acción del juego. Los juegos de rol en vivo, los scape rooms, los juegos de mesa y los talleres creativos pueden ofertarse como elecciones más sanas y convenientes. También las actividades deportivas no profesionalizadas (el típico partido entre amigos de fútbol, baloncesto, o cualquier otro deporte que se preste) han sido prácticas de resistencia desde que el deporte se mercantilizó hasta conformar la industria que hoy todos conocemos. Esto último que se ha comentado resulta paradigmático, porque el deporte entre amigos siempre fue el centro de toda actividad deportiva ociosa hasta hace unas décadas. En la actualidad, se presenta como alternativa porque la capitalización de las formas de juego tradicionales nos ha desplazado de nuestra posición como jugadores y nos ha convertido en clientes.

Sin embargo, que las formas de ocio varíen no implica que el contenido de ese ocio se aleje de la mecánica capitalista habitual. Hemos de comprender que la distinción entre formas y contenido sirve a los propósitos del capital que convierte el ocio en negocio. Una revolución de nuestras formas de ocio implica necesariamente una revolución en el contenido y en la producción de dicho ocio. Muchos de los juegos que practicamos reproducen el esquema ganador-perdedor, en el que los ganadores reciben una gratificación anímica y los perdedores, insatisfacción. Por ende, es necesario revolucionar también las mecánicas de juego.

¿De qué manera afecta esto a las personas jóvenes? De manera concisa y directa: siempre que jugamos lo hacemos bajo las reglas y los intereses de aquellos que promueven tales formas de ocio y no otras. El tiempo de recreo y ocio está contaminado por el mismo agente que contamina nuestras formas de negocio. La razón histórica del capital se reproduce en todos los ámbitos, en todos los quehaceres y en todos los placeres a los que nos sometemos. Si queremos imaginar nuevos horizontes es importante adquirir prácticas de resistencia colectiva. La primera de todas ellas debe ser la consideración y asunción crítica de todo lo que aquí se ha expresado. La segunda es actuar en consecuencia: luchar contra la mercantilización de nuestras prácticas ociosas. El ocio no es negocio, ni puede serlo. Considerar el ocio como un negocio es como querer que algo sea blanco y negro en el mismo espacio y tiempo. Una contradictio in terminis. Una contradicción entre las muchas que sustenta el mercado global y el sistema capitalista en un sistema-mundo regido por la dominación de una clase contra otra. Organizar una revuelta de las formas de juego habituales significa rediseñar el espacio del ocio, escapando en la medida de lo posible de los cánones propios de los juegos que acostumbrados a practicar.

Retomando el inicio del presente artículo, hemos de entender la rareza de la situación actual. El ocio es, hoy día, una forma más de extracción de beneficio y reproducción de los mecanismos del capital. La juventud debe contestar y levantarse contra esto, porque es un paso inevitable hacia la construcción de una alternativa económica y política, que ya no sólo es un deseo sino una necesidad por el abismo al que nos aboca continuar con el sistema capitalista como faro de la iniciativa individual y colectiva. Se trata de superar todo un sistema, y entender la relación entre ocio, juego, consumo y juventud es imprescindible para que la alternativa que planteamos desde espacios de reflexión colectiva sea creíble y fructífera.

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