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Opinión

Otra política es posible

Vamos a ser claros. Somos unos incompetentes. No pasa nada por admitirlo. Llevamos décadas de retraso en cuanto a políticas activas para nuestra juventud. Tuvimos, quizás, un rayo de luz en los 90´s, pero fue un abismo. Llevamos años pasando de nuestras y nuestros jóvenes. Y ya está. Y ahora nos toca arreglar el desaguisado que nos han dejado décadas de políticas absurdas, de medidas ineficaces, carentes de contenido que de verdad hayan sido dirigidas para crear generaciones cultas, responsables, y sobre todo, con expectativas. 

En España el 40% de los menores de 25 años está en paro, y casi el 80% de ellos vive con sus padres. Sin casa, sin trabajo, y lo que es peor: sin ninguna expectativa de poder lograrlo. Tienen ya la sensación de que viven peor que sus padres. Un drama, que quieren que les diga. Pero hay más. Hay otros datos que inciden también en los jóvenes de este país, y es que en España hay un 25,3% de la población que está en riesgo de pobreza o exclusión social, con un 16% de tasa de abandono educativo. 

Y claro, resulta que llega el fin de semana y los chavales salen a descontrolarse como jamás habíamos visto. Imágenes en televisión que nos avergüenzan. Y lejos de quitar responsabilidad a quienes se desmadran, y quienes cometen actos delictivos o vandálicos, quizás el tema requiera algo más de profundidad que no un simple "qué sinvergüenzas!" tras ver las imágenes.

Es que resulta que durante años hemos pasado de nuestros jóvenes. ¿Dónde estaban y están las alternativas de ocio serio para nuestra juventud? ¿Dónde están esos planes (que durante algunos años, algunos ayuntamientos emprendieron) dedicados a ofrecer alternativas sociales, culturales y/o deportivas? ¿Acaso las instituciones no tienen responsabilidad sobre todo esto?

Sigamos con el desmadre. En España somos líderes europeos en tasas de ludopatía juvenil, sobre todo en menores de 20 años.  No somos ni cuartos, ni sextos, ni tan siquiera terceros. No. Somos los jefes, los número 1. ¿Y saben qué hacemos en España para evitar ocultar estas cifras, mirar para otro lado, o simplemente, para seguir siendo los reyes del mambo? Pues crear portales absurdos como "juegoseguro.es" o "jugarbien.es" que dependen de la Ordenación del Juego, un órgano del Ministerio de Hacienda, no se crean. Sin ninguna participación de las autoridades sanitarias. Total... qué más da. Juego juvenil igual a pasta que ingresamos. Aquí en España, que somos muy de querer quedar bien todo el mundo, abogamos por eso de la "autoprohibición", o el "autocontrol". Es gracioso. En realidad si me están leyendo, reconozcan que es algo gracioso. Autocontrol, o sea, auto diagnóstico. Vamos, me imagino la conversación: -"Mamá, tengo adicción al juego, sé que la tengo, así que me quiero autocontrolar, no sea que la lie". La cara de la madre será un poema, claro. 

Pero en realidad de gracia no tiene nada: una vez más el señalamiento de las personas con problemas de juego como responsables de su conducta. Un enfoque, como no podría ser de otra manera, apoyado por la industria, actor poderosísimo en este desgraciado y caduco sistema.

Pasa lo mismo con las grasas saturadas y los alimentos procesados, o el alcohol: centrarse en el individuo se alinea con los intereses de la industria para desviar la atención de donde debería estar el enfoque real, la regulación de los productos y las prácticas comerciales que causan daños, y de políticas serias destinadas a regular sus disponibilidad. 

Con el juego pasa algo curioso encima. Les pongo un ejemplo: hoy en día se prohíben en muchos colegios vender comidas con grasas saturadas en las máquinas. Sin embargo, nos importa un pepino que pongan una casa de apuestas en la acera de enfrente.  ¿Se imaginan ustedes un famosete anunciando tabaco en tv hoy en día? ¿Verdad que no?

Sin embargo, hemos estado normalizando que muchos de estos famosetes se hayan estado lucrando día sí y día también haciendo anuncios en televisión y radio de casas de apuestas. Hemos normalizado que para que nuestro personaje de videojuego favorito tenga más cualidades o virtudes, haya que meter 5 o 15 euros. O 40. Qué más da.

Hemos normalizado la monetización de los juegos. Hemos normalizado que un Youtuber que no ha trabajado en su vida, que probablemente no sepa nada de la cultura del esfuerzo diga libremente en televisión que para conseguir lo que él ha conseguido, ganar millones de euros (y encima tributar fuera, porque él es más chulo que nadie) sólo hace falta que te lo propongas. Tal cual. Hemos normalizado que los chavales sean expertos en productos bursátiles y se jueguen su poco dinero en criptomonedas. 

Hemos normalizado que en España el suicidio sea ya la primera causa de muerte no natural entre los jóvenes. Que los casos de suicidios juveniles durante la pandemia hayan aumentado un 250%. Hemos normalizado que toda esta factura sociosanitaria se haga cargo el Estado, y no quien la provoca. Una vez más, y no sé cuántas van ya, la banca gana y el Estado socializa la deuda de millones de euros.

El problema no son los jóvenes que se desmadran cada fin de semana. El problema es este sistema decadente y desastroso, basado en el neoliberalismo más miserable y salvaje que existe, que lleva pasando de los y las jóvenes décadas. El problema es que los grandes expertos en salud mental llevan años advirtiendo de ello, y no hemos hecho ni puñetero caso. El problema son algunos políticos, que siguen haciendo de la política una manera de hacer negocio y no una forma de construir sociedades decentes a largo plazo.

En Catalunya, o en Extremadura se quieren gastar miles de millones de euros en complejos gigantencos basados en el consumo del juego, al igual que quisieron hacer en Madrid, recuerden, con el EuroVegas, en lugar de invertir miles de millones en construir base dedicada al fomento del deporte o de la cultura, y en la incorporación laboral y en el derecho a una vivienda digna y decente.  Una desesperación que tiene sus consecuencias, sobre todo después de la pandemia. La gente joven no tiene futuro, ni tienen expectativas de nada, porque se les ha educado sobre el engaño más miserable. Y después de la pandemia, ahora se sienten mucho más frustrados. No hace falta ser Einstein para darse cuenta de lo que está ocurriendo. Hemos creado generaciones sin ilusiones. Sin más. Pero claro, una vez más, pondremos el foco sobre ellos, y no sobre donde debería estar: en el fracaso más absoluto del neoliberalismo. 

Pero podemos cambiar muchas cosas: la prevención, la protección de la salud pública por encima de todo, no con 100 millones de euros ridículos que quiere poner Pedro Sánchez sobre la mesa, la cultura de la  solidaridad, frente al individualismo que tanto daño está causando. Las políticas sociales, la inversión con dinero público en deporte y cultura, opciones de ocio que todos los psicólogos están reclamando como arma eficaz para acabar con esta masacre. Y tener una visión de la política como algo a largo plazo, que dará sus frutos en el futuro, pero que servirá para hacer de nuestras próximas generaciones mucho mejores que sus predecesoras. Aún estamos a tiempo. Hay otra forma de hacer política.

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