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Opinión

¿Por qué nos odiáis?

Javitxu Aijón

“¿Por qué nos odiáis?” Fue la pregunta que me hizo la mujer de la policía judicial mientras esperábamos la llegada de mi abogada de oficio. No quise responder. Llevaba más de doce horas detenido en un vaivén de traslados de un calabozo a otro y de papeles, derechos y otras historias bien conocidas que suceden en una detención. Me negaba a hablar con aquella persona. No por odio, ni mucho menos. Más bien, por respeto. Pero no a ella, sino a mí, que estaba atravesando una situación a todas luces incomprensible.

Mis ojos hinchados de llorar y no poder dormir no querían cruzarse con los de la mujer que estaba sentada enfrente mío mientras aporreaba el teclado escribiendo, probablemente, algún informe judicial o policial sobre mi caso. Prefería que no viese mi debilidad; me sentía mucho más seguro. Además, mi voz habría sonado quebradiza, insegura y sin la fuerza con la que estoy acostumbrado a hablar. Me habían robado mi voluntad durante aquellas horas y no sabía por cuánto tiempo más me harían esperar para saber mi paradero.

¿Ansiedad? Mucha. Si no hubiese sido por mis compañeros de celda, quienes me animaron y ayudaron a sobrellevar el pánico y el miedo que, imagino, también les dominaba a ellos, no habría podido soportar aquella incertidumbre. ¿Arrepentimiento? Ninguno. “No he hecho nada malo” me repetía una y otra vez para que las palabras denigrantes que nos dedicaban los agentes de policía no hiciesen mella en mi mente. “Soy inocente” me decía cada vez que insinuaban la posibilidad de entrar en la cárcel como medida preventiva.

“Te he preguntado que por qué nos odiáis” repitió la agente. Esta vez no quise callarme. Respondí sin ningún pudor ni miedo. Me estaba acusando de algo que no era cierto. “No. No odio a nadie, me parece un sentimiento de lo más bajo. No odio a ningún policía. Me gustaría que cumpliesen su función y colaborasen en mantener la seguridad de la ciudadanía. Os necesitamos.

Por el contrario, sí odio el fascismo. No a los fascistas, ya que estos suelen ser trabajadores y trabajadoras que no son conscientes del monstruo al que alimentan con sus votos u opiniones. Pero sí al horror que supone. Si viviésemos en una democracia plena, quien estaría sentado en esta silla esposado es el que dio su discurso de odio hacia gais, inmigrantes, lesbianas, mujeres… Dime, si por ellos fuera… ¿Crees que estarías en el puesto de trabajo en el que estás ahora?”

La mujer no tuvo otra más que darme la razón. Al poco rato, llegó mi abogada de oficio y pude hablar con ella todo lo que tuvimos que hablar. ¿De qué se me acusaba? En concreto no pude saberlo hasta que no comenzó el proceso de instrucción esa misma noche. Hasta el momento, lo único que me habían llegado a decir era que habían visto que estaba en la manifestación que se había convocado en rechazo a la convocatoria de un mitin de VOX en Zaragoza, cuando esta todavía concurría de manera pacífica en el Parque Grande, sin disturbios ni violencia por ninguna de las partes.

El único delito demostrable (porque es el único del que admito mi culpabilidad) es ser un orgulloso antifascista que plantó y seguirá plantando cara de manera pacífica a la extrema derecha para evitar a toda costa que consigan implantar sus medidas de miseria para todos y para todas. No hay odio en el antifascismo a ninguna persona ni colectivo. Todas caben. Odiamos a quienes siembran el odio entre los últimos y los penúltimos.

Ahora bien, cuando por Twitter recibo los mensajes de cientos de cuentas insultando y deseándome las peores burradas por, según ellos, haber actuado violentamente en una manifestación (siendo que no hay pruebas ni las habrá, lógicamente, ya que soy inocente), me entra la necesidad de hacerles la misma dichosa pregunta. Ni hago ni pretendo hacer daño a nadie. Siempre que muestro mis ideas lo hago a través de la música, la poesía o la escritura que tanto me encantan. Trabajo activamente todos los días para que se den las condiciones de mejora de un mundo claramente desigual y mal repartido. Participo, igual que muchos y muchas, en todas las acciones de solidaridad de las que me es posible abarcar. Seguramente no seré una persona ejemplar en muchos otros ámbitos de mi vida que, sin embargo, este ejército de trols desconoce. No obstante, desde luego que jamás he podido hacerles daño. Es más, si me juego 7 años de cárcel y más de 3.000 € de multa es, precisamente, por haber manifestado mi defensa de los Derechos Humanos frente a la barbarie que representan sus detractores.

Es por ello por lo que esta pregunta ha vuelto a mi mente estos días. “Ya te cogerán por detrás en las duchas cuando te encierren”. “7 años me parecen pocos para terroristas como tú”. “Estos son los que en tiempos de ETA mataban policías”. Podría seguir esgrimiendo ejemplos de lo repulsiva y vomitiva que puede llegar a ser una red social cuando la gente siembra su odio allá por donde pasa. Por cada mensaje de algún fascista enrabietado, me llegan cientos de apoyo cada día, los cuales agradezco y me sirven para seguir adelante a pesar del acoso al que nos tienen acostumbrados a mi y a toda mi familia. Sin embargo, me gustaría preguntarles por un momento a los que nos odian:

Si tanto os preocupa España ¿por qué no os organizáis para que no tomen el poder los fascistas? Si tanto queréis que se respete la libertad de expresión ¿por qué buscáis encarcelar a raperos, políticos independentistas, rojos y antifascistas? Si tanto decís que odiamos nosotros, ¿por qué nos odiáis?

 

 

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Mohicano mohicano

    4 de julio de 2022 12:35 at 12:35

    Si quieres defenderte y defender a los tuyos, lo primero que debes hacer es aprender cómo se hace. ¿Que como se hace? Estudiando. Aprehendiendo (apropiándote) de conocimientos. En positivo y en negativo: lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer.
    Te digo por experiencia que no existe nada mas satisfactorio que saber defenderte. Bueno, si. Si existe algo mas satisfactorio: defender a los demás. Algo parecido a lo que hizo contigo la abogada de oficio de la que hablas.

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