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Opinión

Salud para existir, salud mental para vivir

La salud mental no está en venta. La bandera de la salud mental tampoco se oferta en un bazar de todo a cien, tampoco debe ser un maíz en mitad de una plaza al que millones de palomas quieren hincar el pico. La salud mental es ese bloque de hormigón al que tantos y tantos gobiernos han tenido miedo de cincelar.

Tras la carcasa corporal, desde aquello que llamamos conexiones cerebrales hasta lo más profundo de nuestro sístole y diástole se crea la desazón, la desesperanza, los (sin)sentidos e incluso podríamos decir que se genera lo que nos hace personas, sí, por supuesto también el placer, las alegrías y la euforia, por citar algunos ejemplos del universo interno del que podemos componernos. Prestarle atención a todo ello, a lo que somos es vital, tratarlo si es y cuando es preciso es urgente y hacerlo desde el servicio público, desde la sanidad de todas y todos debería ser una obligación. Lo hemos repetido hasta la saciedad y lo seguiremos diciendo: el acceso a la asistencia sanitaria para, en este caso, abordar la salud mental, no puede depender del dinero que cada cual tenga, no podemos volver a la dinámica de clases cuando se habla de recibir un tratamiento y que solo quien tiene posibles pueda recibirlo. Por que sí, tampoco caigamos en la necedad, la sanidad como sistema plantea problemas preocupantes, pero a día de hoy sigue siendo angustioso que muchas personas solo pueden elegir entre la nada o el apretarse el cinturón cuando estamos hablando de salud mental.

Los amargos datos sobre salud mental son el reflejo del olvido y la baja inversión presupuestaria que se ha dado año tras año, no podemos permanecer indiferentes ante ello. España está a la cabeza de Europa en lo que al consumo de psicofármacos se refiere. La ansiedad es compañera de vida de muchas personas y a raíz de la pandemia, el aislamiento y la soledad han aumentado en los hogares españoles hasta un 50% generando que más de 4 millones de personas se sientan solas. Un 44,3% de los jóvenes en ocasiones han tenido ideación suicida, lo cual no significa que quieran quitarse la vida pero sí es reflejo de un quiebro en su salud mental y debe suponer una alerta para atajar los problemas de acceso a la atención psicológica desde la sanidad pública. Todo ello pasa por aumentar profesionales, incrementar los medios a la par que se reducen conciertos y privatizaciones para, como decíamos: que el tratamiento en salud mental no dependa de los posibles de cada cual si no de un Estado que pretenda alcanzar el bienestar de la ciudadanía.

La salud mental y la precariedad son dos caras de la misma moneda. Mucho se habla de los determinantes de salud, de eso de que en un piso de 40 metros cuadrados se vive en peores condiciones que en un piso de 100, que el acceso a la vivienda condiciona nuestra tranquilidad emocional o que un desahucio puede hacer incrementar las cifras del suicidio en nuestro país. El trabajo a destajo, el ambiente laboral condicionando nuestra rutina, los turnos estresantes, el salario que se tiene que estirar, el ahogo en el día a día, el sostenimiento de la economía familiar y el odioso “llegar al fin de mes”, por no hablar de las enormes dificultades que tienen los jóvenes para poder emanciparse. La precariedad es el gran obstáculo para avanzar en el progreso del país, una precariedad que deja la puerta abierta a la incertidumbre, que hace saltar el miedo y que permite que la salud se tambalee abriendo un hueco para la normalización de la precariedad. La incertidumbre, el desapego, y la desmotivación se vuelven elementos centrales para que aparezca el miedo si la precariedad campa a sus anchas. Mucho miedo para una capa poblacional que lleva más de 10 años coexistiendo con continuas crisis que el sistema neoliberal ha sido incapaz de resolver, precisamente porque son los culpables de la generación de la misma.

Mejorar el salario mínimo, las condiciones laborales, sostener el Estado del Bienestar, crear escudos sociales cuando realmente se precisan o generar un futuro que salve a las y los más jóvenes son algunas de las medidas que hace la gente decente cuando trabaja en las instituciones. Hemos de comprender pues que la precariedad, sin duda, es generar una mejor salud mental, y sobre todo, una mejor salud democrática.

Unidas Podemos presentó en el Congreso de los Diputados una Ley que vive bloqueada actualmente por el Partido Socialista. De aprobarse finalmente la norma, seamos realistas, ésta no acabará con todos los problemas vinculados a la salud mental en nuestro país, de aplicarse, pondría medidas que indiscutiblemente ayudaría a que la gente tuviéramos la oportunidad de poder vivir una vida mucho más saludable, donde el miedo tuviera menos espacio, con una mejora en la rutina y por supuesto, con más dignidad, que al fin y al cabo de eso deberían tratar las leyes. La propuesta de la Ley de Salud Mental persigue un aumento de profesionales, un incremento de medios y de un impulso presupuestario para que todo ello sea posible. Posiciona a las y los pacientes en el centro del sistema, lo cual pretende crear un sistema sanitario desde un modelo mucho más social, apuesta por eliminar estigmas y dejar de ver la salud mental como un tabú. Y es que cuando decimos que no acabaría con todos los problemas pero generaría cierto alivio necesario, hemos de ser realistas que para transformar la salud mental y que acabe de ser la gran desconocida, que para dar a la salud mental la importancia que merece es necesario generar una gran red social que la posicione en el espacio que le corresponde. Tal vez, de este modo, estaremos mimando a la sociedad, cuidándonos a cada uno de nosotros y nosotras, entre unos y otras, cultivando algo cerquita de la amígdala, que es donde se centran realmente las emociones, para así, desde esa anhelada visión utópica, seguir construyendo un mundo mejor que merezca la pena ser vivido, amado y sentido.

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