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Opinión

Tanxugueiras, Eurovisión y la aspiración del asturiano como llingua oficial

Empecé a tocar la gaita asturiana cuando tenía 8 años. Me costó dos meses conseguir que hinchar el fuelle no se llevase mis pulmones en el intento. Para quien no lo sepa, la gaita es un instrumento tremendamente difícil de tocar, coordinar el aire y la digitación a la vez y sin desafinar ya es un triunfo, pero es que ser capaz de seguir los ritmos que caracterizan a las canciones populares asturianas constituye toda una hazaña.

Tenía 9 años cuando ya tocaba de seguido la primera melodía. En aquel entonces, Sergio Dalma acudía al festival de Eurovisión representando a España. “Bailar pegados” sonaba a todas horas y sus acordes penetraban en mi cabeza con la misma contundencia a la que lo hacían los de “se oye sonar una gaita”.

En aquellos años, en Asturias mucha gente pensaba que el sitio de la gaita era más el de charanga y pandereta que el de un conservatorio, pues no se trataba de un instrumento refinado; la consideraban demasiado popular y de poca categoría. Igual que, tanto entonces como ahora, nuestra llingua asturiana era despreciada. La llingua, para ellos, era una lengua que sólo utilizaba la gente inculta y poco fina. Por eso, del mismo modo que no tuve la oportunidad de estudiar en la escuela el asturiano, tampoco aprendí solfeo hasta después de saber tocar la gaita, muchísimo después.

Recuerdo muy bien cómo en los veranos de los noventa venían de Oviedo o Madrid a “veranear” a Cudillero, mi pueblo, y se reían de nuestra forma de hablar, en pixueto, haciendo mofa de nuestro acento y de nuestras palabras únicas. A mi aquello me daba una rabia tremenda pero no tenía a nadie que me ayudara a comprender que tampoco estaba equivocada.

Yo nunca veraneé con mis padres. No podíamos. Ellos tenían que trabajar en la pescadería familiar pero gracias a la banda de gaitas “Avante Cuideiru” todos los años acudía a un festival internacional. Eso me dio la oportunidad de conocer otras culturas y de descubrir el valor que fuera de España sí que se le daba al instrumento al que pasé pegada toda mi infancia y adolescencia.

Sin embargo, nada de todo aquello nos lo enseñaban en el colegio. Porque lo importante, nos decían, era saber expresarse bien en castellano y aprender inglés para dejar atrás a los tuyos y su forma de vida. Y es que ser de pueblo no daba pedigrí.

A pesar de todo, conviví con canciones populares que sólo interpretaban las mujeres, como el perlindango, canciones que conservo en mi memoria hoy y que le canto a mi hijo pero que, en ningún caso, aprendí en la escuela. Me las enseñó mi güela y su empecinamiento, junto con el de otra mucha gente, por mantener viva la cultura de un pueblo, a pesar de todos los obstáculos.

Voy a confesar algo. Llevo semanas pensando que es imposible que las Tanxugueiras vayan a Eurovisión. Tan imposible como ahora mismo me parece que, de una buena vez, el asturiano adquiera la oficialidad en la futura reforma del Estatuto de Autonomía de Asturias y conseguir, por fin, superar la anomalía que llevamos 40 años padeciendo.

Pero ayer sucedió algo. Cuando el jurado del Benidorm Fest había ninguneado el enorme talento de las tres gallegas, la gente las rescató llevándolas a la final. Y fue trascendental. Las palabras de Aida Tarrío lo dijeron todo: “También queremos darle voz ante toda Europa a todas las mujeres anónimas que nos dejaron su legado. Ellas sin saber leer ni escribir hacían arte”.

Al escucharla, pensé en el “Perlindango, el “Temperendengue” y el “Río verde”; recordé las “xuntanzas” y el “aguinaldo” de los 24 de diciembre; evoqué las chocolatadas y los “franxuelos”; vino a mi memoria la fiesta de San Xuan y la Vega’l Palo; repasé los kilómetros recorridos con la gaita y me erizó la piel la imagen en mi mente entrando en el Festival de L’orient tocando el instrumento con el que había crecido; pensé también en el significado de la “alborecía” y en la posibilidad de cumplir los “suaños”.

Cumplo cuarenta años esta primavera, como el Estatuto de Autonomía de Asturias. Dejé de tocar la gaita cuando me fui a estudiar a Granada. El instrumento adquirió el estatus de grado superior en 2018, diez años después de que yo acabase la carrera. Es decir, el otro día. Sin embargo, el País Vasco, Galicia, Valencia o Cataluña cuentan desde años con este tipo de estudios para sus instrumentos tradicionales. Quién sabe qué habría deparado mi futuro si la gaita hubiera tenido su merecido espacio hace 30 años.

Para las hijas de las periferias, del pueblo llano, de quienes vivieron la aprobación del actual Estatuto de Autonomía desde la grada, fortaleciendo el tejido social más que pensando en el articulado al que no tuvieron apenas acceso, el hito que tenemos hoy por delante es vital. No son admisibles los chantajes a un pueblo que ha sostenido con dignidad y perseverancia su propia memoria. Asturias merece que su lengua sea reconocida, difundida, respetada y aprendida en todos los espacios.

Quienes tienen en sus manos las herramientas para hacerlo posible van a tener que estar a la altura del momento histórico. Y, si no lo hacen, habrá quedado claro que no reconocen la lucha titánica de generaciones enteras. No habrá reforma sin oficialidad. No habrá Asturias sin llingua oficial.

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